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Consciente, inconsciente y subconsciente

04.05.2016 @caguecast 3 minutos

Abrí la puerta e intenté avanzar, pero en cuanto la vi supe que no podía dar ni un paso al frente. En cambio, el resto de mi familia entró en la casa como si nada raro pasase. No podía creer que no estuviesen viviendo lo mismo que yo, que no la estaban viendo a ella.

Rodeada por todos sus hijos y mis primos allí estaba, sentada en su sillón. Fumando y sonriendo a duras penas, como siempre la recordaré. La escena se desenvolvía en la luz del atardecer, una iluminación que radiaba toda la sala como si del final feliz de una película se tratase. Al ver que nadie parecía estar tan impresionado como yo, por fin me decidí a moverme para disfrutar lo que ellos, pero en tan sólo el primer metro recorrido me di cuenta de lo que realmente pasaba. Esa señora que estaba viendo no era mi abuela, sólo alguien que tímidamente se parecía.

Suena el despertador. “¿Qué ha pasado en mi cabeza?”, no puedo hacer sino preguntarme obsesivamente durante varias semanas. Nunca antes había tenido un sueño similar en el que apareciese quien nos dejó hace ya un par de años, y por eso no podía dejar de cuestionar la importancia de lo que sólo una vez pasó mientras dormía.

Sigmund Freud protagonizó varias noches de insomnio en las que busqué entre sus páginas de La interpretación de los sueños, sabiendo que tengo que creerme lo justo de toda esta parafernalia de simbolismo y psicoanálisis, una mínima respuesta que me tranquilizase.

¿Por qué aparece alguien que ya no está, y sobre todo, por qué desaparece en mi imaginación de una forma tan confusa? Dudo que las palabras puedan expresar, por muchos adjetivos que busque en un diccionario, lo que uno siente. Si acaso, plasmarlo en un lienzo como hicieron algunos integrantes del surrealismo.

Se descomponen las asociaciones lógicas, el sentido crítico, el ego ordinario y todo conocimiento. Aquí todo vale y nada al mismo tiempo. Quiero saber hasta qué punto esto surge del puro azar, o si por el contrario, mi subconsciente intenta decir algo.

Hay que tener en consideración que hay tantos o más tipos de sueños que gustos, colores. Están los que recordamos durante toda la vida y los que no perduran más allá del desayuno. Los que se repiten todas las noches obsesivamente y aquellos que sólo necesitan una para dejar su huella. Los infantiles, unívocos y realistas, y otros que tienen más que ver con la demencia psicodélica. Los violentos que te hacen despertarte empapado en sudor al creer haber vivido una experiencia cercana a la muerte y otros no tan crueles por los que te despiertas mojado.

Sólo he sacado en claro que la ensoñación puede ser como un coito que nunca llega. Éste que te mantiene encendido durante todo el largo día, suspirando por aquella persona imaginaria que consiguió despertar tu pasión como parece que ninguna otra real lo hará jamás. También es que quien se muere de hambre, sueña con comida, y quien lo hace de soledad, con amor.

Las pulsiones del placer y la libido puede que sean, aparte del instinto más primario, el grito más obvio de tu Yo inconsciente, pero con el resto de mensajes y símbolos sigue siendo difícil manejarse. Y que al fin y al cabo, como ya había anticipado, tampoco haga falta.

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