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El mastín

25.05.2016 @caguecast 3 minutos

Con sus 22 dedos se erguía sobre sus cuatro cansadas patas. Los espolones apenas le servían más allá del vestigio genético, pero siempre serán la seña de identidad de su raza. Una categoría que nadie discutía a una de las más auténticas variedades españolas.

De pelaje duro y vista cansada, cuidaba su territorio y a los suyos con la atención que uno no exigiría a prácticamente ninguna persona. Porque detrás de ese carácter arisco, encontraba una verdadera devoción hacia quienes le alimentaban y daban cobijo.

Se escondió en su caseta con cuidado y sin hacer apenas ruido, como a él le gustaba, ya que sólo pretendía alarmar con su presencia cuando algo o alguien entraba con malas intenciones. Ya ahí, agazapado, lamía sus heridas y rascaba su hocico, todo ensangrentado. Aquel animal aparentemente manso era realmente un bravucón con el resto de seres que merodean por el monte. Amigo de nadie y enemistado con todo lo que no perteneciese a su manada. Cosas de la naturaleza.

“No te pelees más. No muerdas ni arañes, que de poco te va a servir en esta vida”, le decía en la complicidad que nos permitía la hora del almuerzo. Con esos ojos viejos y fatigados que nunca olvidaré parecía asentir. No sé si intentabas tranquilizarme como a los tontos, ya que pese a estar panza arriba y mendigar poco amablemente que te rascase, sabía que eras de armas tomar.

Viniste conmigo, arrimado a mi pierna, con un bramido ronco y potente. Esa clase de ladrido que merece el cartel de “Perro peligroso” y más. Algo que resonaba en todo el valle y la geografía devolvió a mis oídos que pensaron “ese es mi perro”.

No importaban esas heridas abiertas de las que antes hablaba, el instinto siempre podía. En primera línea de fuego siempre te encontrabas. Y me fascinaba eso. Cómo podías ser ese tontorrón afable y al mismo tiempo un guardaespaldas a tiempo completo.

Y como todo en la vida, pareciste haberte cansado de vivirla. Aquellos buenos momentos pareciste haber olvidado al tratarme desde la distancia y desconfianza. Mi propio amigo rehuía de mí y sólo se acercaba si algo recibía a cambio. Mi propio amigo dejó unilateralmente de serlo.Tras muchos meses de lo que tardé en detectar una depresión, finalmente entendí mi relación conmigo. Y también entendí que en el momento más bajo de nuestras vidas tú estuviste ahí, apartado y sin probablemente entender qué ocurría, porque fuiste descuidado, pero también querido sin demostraciones apenas. No eres el primer amigo que pierdo –y tristemente, tampoco el último-, pero sí el primero que me abandona desde la cordura de la madurez. Y puede, sólo puede, que ese comportamiento extraño fuese por mi bien, como si estuvieras intentando advertirme de que pronto iba a acabar mal.


P.S. Al final resultó que sólo se había ido a dar una vuelta que duró una semana.

P.S.2 Un año y medio después de escribir este simple artículo, vuelvo a editar la entrada para añadir mi despedida.

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