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El veterinario

01.06.2016 @caguecast 2 minutos

El calor pre-veraniego azuzaba la lectura en la piscina, donde entre Camba y una triste cajetilla casi acabada de la marca más perra el joven disfrutaba de la vida de aquel que estudia Periodismo. Alternando esto con unos breves minutos de nado (por eso de mens sana in corpore sano), pasaban los minutos en una tranquilidad que ya quisiera Albert tras su paso por Colombia.

Aprovechaba cada uno de los 10 enormes metros que le ofrecía la piscina, una obra faraónica sin duda alguna y prodigio de la ingeniería con un tamaño idóneo para la natación. A crol o como una abuela en aquagym, cumplía los largos con un ritmo lastimoso por eso de fumar, pero siempre con dignidad. Nada espectacular ni ruidoso, más bien era arrastrado por la corriente. No pretendía convertirse en el próximo Michael Phelps, sólo superar la mala conciencia de aquél que maltrata su corpore.

Entre tanto, un vecino conocido por su peculiar carácter y procederes, vino para amenizar la individual verbena a las 16:45 horas (CEST). El compañero de bloque, escuálido, barbudo, gafotas y alto; se mira al espejo para ver al mismísmo John Lennon de finales de los sixties reencarnado en su persona. Belicoso y arisco con sus semejantes, parece sólo entenderse con los animales que cura. Hasta a sus hijos –que por suerte parecen fruto de una infidelidad femenina al no compartir sus cuestionables maneras- intenta educar como a sus mascotas. “¡Sienta!” “¡Eso no se hace!”. Y de nada le sirve.

Tras abrir la cancela del recinto, caminó con decisión hacia el chavea para mantener una cordial charla que no haría sino reafirmar su opinión hacia él.

–Debería usted saber que de 3 a 5 de la tarde está terminantemente prohibido hacer ruido en los espacios comunales. Y que yo, presidente de esta nuestra comunidad, haré caer sobre usted todo el peso de la ley.

–Perdóneme, muy señor mío, pues no sabía que hubiese desarrollado una capacidad auditiva extraordinaria o un trastorno psicopático.

–Sepa usted que me ha despertado de la siesta, y es que el patio hace retumbar sus brazadas golpeando las aguas. – Dijo mientras aumentaba la inquina en su aburridísima mirada.

–Sepa usted, pues, que me encuentro muy angustiado por esto que me cuenta. No sabía de su finura y lo tendré en cuenta. – Replicó diplomáticamente dejando para sus adentros aquellos insultos que uno sólo escucharía a La Veneno.

El señorito de nacimiento y actitudes, muy molesto tanto por la conducta del juvenil como por su escaso señorío actual, venció. Una victoria fáctica, que no moral. Uno, que es muy sufrido, siempre cumple eso del Contrato Social. Al menos aparentemente.

Te he rayado el coche.

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