Columnismo

No leas esto

En la barra del bar

26.10.2016 @caguecast 3 minutos

A las 8 y media de la mañana de un sábado cualquiera en mitad de la Plaza de Uncibay, Juan se despertó por completo desorientado y bastante dolorido tras la que ha sido una noche de exceso acabada en un banco público por cama. Durante un buen rato intentó completar las lagunas mentales que no le dejaban tener realmente claro qué pasó entre las 10 de la noche y las 7 de la mañana. Entre bostezos, escupitajos para aclarar la garganta y expulsar los restos de vomitona, y algunos de esos estiramientos que aprendió en las pocas clases de educación física a las que asistió, logra incorporarse para dirigirse a su cafetería más cercana.

El bar en cuestión es de aquellos ya bastante antiguos, lo suficiente como para no caerse a cachos y que son todo encanto vintage, como ahora se le dice a lo viejo. Mesas repletas de zumos de naranja, cafés, molletes y cruasanes, así como de trabajadores y jubilados que leen el Marca o el As.

Esquivando sillas, camareros y alguna que otra señora con andador, por fin llega al sitio donde acostumbra aparcar su culo. Al sentarse en un alto taburete en la barra, se percata de que algo no iba bien. En su lugar de desayuno de confianza, hoy los parroquianos le miraban con una mezcla de recelo, burla y grandes dosis de vergüenza ajena. Juan, que es un hombre mu' echao pa'lante, hace caso omiso de las reacciones histriónicas de unas viejas que sufrirán un patatús en breves. Llama a su Fernando como buenamente puede entre el bullicio (en gran parte causado por su presencia). Entre codazos y silbidos, finalmente consigue llamar su atención.

– ¡Fernando! Un cortado doble con leche fría y un pitufo mixto, por favor y gracias.– Gritó con la voz rota por el humo de toda clase que inhaló la noche anterior.

– Pero por Dios, Juan, qué coño haces de esta guisa en público. En mi bar. Un poquito de por favor, que esto es primeramente ilegal, insalubre y además indecoroso según la moral imperante. Haberte duchado o echado algo de Brummel al menos, que hueles a cuadra.

– No sé de qué me hablas. Yo solo manejo una resaca de caballo y el corazón roto de aquel que es echado a patadas de la alcoba como a un chucho. Lo de anoche no tiene perdón, Fernando. Me es imposible volver a mirarla a la cara.

– Pero, a ver, hijo mío, a todos nos ha pasado eso alguna vez. Hay quienes no entienden el placer del post-coito, del cigarro de después del orgasmo y la charla tan profunda como banal que se mantiene aún desnudos y sudorosos. No sé, algunos no comprenden que detrás del contacto carnal y la penetración, queda algo más, que es esa confianza y confidencialidad que ni siquiera tiene por qué ser romántica, sino simplemente amistosa y hasta chistosa. Y nada que ver con la cortesía. Por algo follar con alguien que tiene buena conversación es considerado un plus.

– Fernando, tengo que darte toda la razón del mundo, pero que ese no es el caso. Si sólo hubiese pasado eso, mi autoestima como hombre y amante estarían maltrechas, pero tendrían fácil cura. El caso es que la susodicha descubrió por las malas que no era la única mujer en mi vida, algo que no se tomó tan bien como debería. Me empujó, cerró la puerta con llave, y le metió fuego a casi toda mi ropa. Y bueno, aquí me tienes, con una simple camiseta.

El camarero cambió inmediatamente su gesto al de la pura descomposición. Asomó medio cuerpo por encima de la barra para percatarse de que su humilde establecimiento se había convertido en un momento en algo parecido a una playa nudista.

– Me voy a cagar en tus muertos, Juan. ¿Cómo se te ocurre venir a mi bar con todas tus partes pudientes ("polla" para los de la LOGSE) al aire?

– No te preocupes, que uno siempre viene preparado. Fíjate, todavía conservo los calcetines.

– Si es que encima eres el antimorbo en la cama personificado.

– Puede, pero ya sabes lo que se dice, "se pierde en erotismo, pero se gana en tracción".

Etiquetas, , , , ,
Artículo anterior Artículo siguiente