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Escribir es exponerse

15.09.2016 @caguecast 3 minutos

Con las manos todas sudadas, incluso esa gota fría cayendo por su frente, marcó el paso decidido hacia el estrado. Aquel chico menudo y nada tímido aparentemente, aunque mucho en el trasfondo, pretendía ahora hablar para todo el auditorio. Su voz temblaba y no podía hacer otra cosa que fijar la vista en un punto más que muerto, convenciéndose de que el resto no se daría cuenta de su ceguera transitoria. Un convencimiento más que erróneo.

Los hay que para comenzar con su discurso en público se imaginan al público desnudo. Yo a uno más tonto. Una masa vaga, obligada casi a escucharme por cualquier circunstancia en su vida que nos reúna en la misma sala. Convencerme de que mis miedos son infundados, ya que al fin y al cabo, a nadie le importa un carajo lo que tenga que decir, que ninguna vida cambiaría lo que pueda decir en ni siquiera mil mías.

Todos conocemos la sensación de exponer en clase, en un aulario, en una ponencia, en una reunión cualquiera o una rueda de prensa. Da igual el ejemplo, el miedo escénico puede seguir ahí por todo el tiempo del universo. Da igual la práctica y los trucos que nadie te llegue a enseñar, siempre estará ahí el tembleque, malestar e incomodidad. Da igual todo, porque al fin y al cabo estamos hablando de algo que para ti significa mucho más de lo que nunca significará para el resto. Y lo que marca la diferencia es precisamente la indiferencia de aquel que recibe tu sincera basura.

Da igual que te los imagines desnudos o más tontos que tú (el narcisismo o “capullismo supino” no da resultados en ningún ámbito de la vida, créeme). Al fin y al cabo, escribir implica exponerse.

El bolígrafo corre ligero si no está atado a ninguna barrera mental o prejuicio. La pluma vuela sólo si es impulsada por las más profundas entrañas, como si nunca hubiese conocido complejo alguno. Y el teclado se impulsa frenéticamente cuando no significan nada las palabras de aquellos que intentaron hacerte desistir. Porque la escritura es algo sacrificado. No al nivel de quien se gana el jornal trabajando con sus callos en las manos, eso nunca, pero el escritor sí que sacrifica algo de su salud mental al publicar sus humildes palabras.

Nada más empezar mi corta, insulsa y prescindible carrera como articulista, escuché de la boca de un notable autor que de nada sirve escribir sin publicar. La ordalía del lector, sí. Aquel que te hará un rey o una mierda. Porque en su simple juicio está tu condición. Y sólo con él se puede aprender. Puede parecer que molesta realmente trabajar durante horas o días en algo que otros despacharán sin piedad en minutos, si no menos, para utilizarlo en tu contra. Pero hablamos de un proceso asquerosamente necesario.

Porque al fin y al cabo, esto es la expresión natural de la vida. Lo que te la da, te lo quita. Algo que necesitamos y al mismo tiempo queremos evitar. Porque las palabras ensalzan y hieren, pero gracias a la perspectiva bien sé que es superable y sin duda alguna necesario. Porque te debo una, sí, a ti, que me puteas o quieres, pero más al que me mata por dentro unos instantes de mi vida.

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