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Hagamos historia

08.06.2016 @caguecast 2 minutos

Esto del fenómeno fan, si bien no es nada nuevo, sigue pareciéndome una locura. Quinceañeras púberes chillonas ante su boyband, cuarentones panzudos y hooligans ante el equipo de sus colores, y veinteañeros patilludos capillitas ante su virgen. Uno, que es muy repelente y aséptico, siempre había visto esto desde el horror de la distancia. Hasta que uno, que resulta ser igual de pasional que el resto, cae en la trampa.

Se gasta los ahorros del año y arrastra la maleta unos 500 km con la excusa de ver a una leyenda viva. Reescucha disciplinadamente con el entusiasmo de la primera vez su discografía. Se acuesta todas las noches soñando con el momento en que viva esos “Na-na-na’s” a coro por una masa a la que pertenecerá. Y llega a la capital con la tontería triplicada.

Apelotonarse sobre el hormigón armados con unos miserables paraguas de fabricación e importe ridículos, y no para huir de la lluvia, sino del solano. Plantearte seriamente el orinar en una apañada botella de plástico por no perder tu preciado sitio en “primera fila”. Gritar “Putos ricos” a los de la verdadera primera fila (aprovecho la oportunidad para saludar cordialmente a aquellos que estuvieron en el Golden Circle). Gritar, saltar, cantar hasta sentir rajarse tus cuerdas vocales, abrazar a tus amigos y no parar de mirarlos con cara de estúpido puesto de éxtasis pensando “lo estamos viviendo”.

La emoción en el graderío, cuando en cada himno resonaban más los tarareos de miles de fans que la propia voz de Macca. La fiesta sobre el escenario, donde el ídolo a quien habíamos ido en procesión a admirar se desenvolvía con un espíritu juvenil que ya querría yo. El espectáculo de una señora bien en la cincuentena, que por cierto atufaba fuertemente a anisete, nos regaló y emocionó. Una señora que intentó ser la particular heroína, Robina Hood, de la noche al pretender asaltar el coto de los “putos ricos”. Sin éxito, sí, pero emocionante.

Y salir con un cansancio total del estadio, pero aturdido ante lo que acaba de pasar. Recuerdas las canciones más míticas de tu infancia, himnos y melodías. Te arrastra la corriente de miles de asistentes calle arriba mientras repasas mentalmente aquél momento en el que Hey Jude rompe, y tú en el llanto con ella. Y cada pelo de tu cuerpo se eriza como todas esas veces que la escuchaste para dormir, pero postergabas el sueño para darle al play una vez más.

Porque has vivido la historia en tus propias carnes. Porque has pagado el precio justo para ver a uno de los Fab Four, el grupo que me enseñó a mí y a millones de personas por todo el mundo la obsesión por la música. Y ya sólo te queda el recuerdo.

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