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La corrección como competición

12.10.2016 @caguecast 5 minutos

Si hay algo que caracteriza a las modas, es lo cíclico de ellas. De la misma forma que nuestros padres y abuelos jugaron a la peonza en el recreo, los millenials e hijos del 2000 también lo hacen. La segunda máxima de las modas, es que siempre se crea una contracultura en torno a estas. El ser humano es, por naturaleza, inconformista. Esto implica que en ningún caso la totalidad de la población estará de acuerdo con algo que la masa dé por supuesto. Los había que consideraban al rock como algo diabólico, así como cuestionaban la posibilidad de que los niños bailasen el hula hoop.

En EEUU lleva gestándose durante décadas un debate, y ahora tendencia generalizada, acerca de la corrección política del lenguaje. En nuestro país, que sabemos es de extremistas, el cambio se ha producido en la mitad de tiempo, si acaso no menos. Ya en la Movida ochentera, grupos como Siniestro Total o Dulce Venganza, se recreaban con unas letras que ahora les harían pasar por el Tribunal Supremo. Los primeros hablaban de la legitimidad del asesinato a la infiel y, los segundos, simplemente se remitían a la sátira del feminicidio  debido a un trastorno mental. También se han dado casos de raperos, rockeros, punkis, pijos y demás acomplejados que han escrito sus versos acerca del acoso sexual y agresiones machistas, siempre excusándose y poniendo en el punto de mira al reguetón, al último de la cola. Estos ejemplos son simplemente paradigmáticos dentro del mundo de la música, ya que el resto de medios nunca han sido menos (ni han querido serlo). Puede decirse que hemos pasado de cero a cien en tan sólo unas décadas, para bien y para mal. No hace falta hacer especial esfuerzo para recordar los chistes de Arévalo sobre “mariquitas”.

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Como ya se explicaba, contra la moda de la imperante y necesaria reforma de los valores sociales en España, ha surgido una contrarreforma.

Internet es algo tan nuevo como desconocido. Puede que llevemos más de diez años como usuarios, pero sus normas siguen cambiando tan rápido como constantemente, y esto implica también a las que tratan sobre el comportamiento debido por los usuarios. Si hemos asistido al crecimiento de la contracultura políticamente correcta, ahora toca la réplica a los excesos de esta. Soto Ivars acaparaba la portada del dominical de El Mundo con un ensayo acerca de las luces y sombras del lenguaje aséptico para la inclusión.

Los primeros coletazos de colectivos descontentos contra esta dinámica no tardaron en surgir, si bien eran minoritarios. A principios de la década de los 2010, lo más era el lenguaje inclusivo que atropellaba la economía lingüística del plural mayestático. Contra esto, a cada vez un ritmo mayor, han surgido voces debatiéndolo.

No deja de ser irónico que la “contrarreforma” del uso sensato lingüístico esté liderada por hombres blancos, letrados y occidentales, algo que atropella de pleno todas las normas de la transversalidad (eso de respetar las minorías). Algo que da que pensar.

Cualquiera pensaría que el discurso del privilegiado por la sociedad es menos válido por la simple condición de aquel que lo enuncia. Una de las normas básicas de la transversalidad antes comentada, explica que aquellos colectivos oprimidos deben abanderar su lucha, así como llevar la voz que la lidera, pero en ningún caso implicando que sean dogmáticas porque sí. Por el contrario, nadie en su sano juicio concedería inimputabilidad a las opiniones de aquellas personas puteadas por la sociedad debido a su condición.

Las redes sociales, en el caso que mejor conozco, Twitter; aceleran el proceso de adaptación ideológica por el cual uno se dispone como una esponja para absorber todos los conocimientos que harán de uno la persona comprometida definitiva. Hablamos de un sitio en el que se juntan el hambre con las ganas de comer, donde se mezclan la necesidad de crecer como persona con la capacidad de llegar a un público que se cuenta por millares.

Uno de los problemas de las RRSS es que cualquiera que pase demasiadas horas en ellas sin volver a la barra del bar o a la clásica discusión con el taxista, puede creerse que Twitter representa el ideario generalizado de la sociedad. Según estudios, la población de Internet se compone en su mayoría por jóvenes y adultos menores de 45 años con un compromiso social importante, digamos progresistas (según estudios no demasiado necesarios, es algo que salta a la vista).

En éstas circunstancias, ¿cómo logra desmarcarse aquella persona más comprometida que la media? La respuesta viene de la mano de la radicalización del discurso y el posmodernismo. Por sí mismo no es algo negativo, pero sí cuando es un proceso prácticamente inmediato que no conlleva ningún análisis ni asimilación. Es decir, cuando alguien emprende una cruzada de las buenas maneras sin comprender realmente en qué consiste esto y sigue siendo un gilipollas con las personas que trata a diario.

El censor del lenguaje ofensivo no busca crecer como persona o hacer de este mundo un sitio mejor, aunque crea que sí. Éste simplemente busca satisfacerse y complacerse. Mediante el simple proceso consistente en expresarse de forma aséptica e inclusiva, ya muchos creen haberse liberado del estigma de su condición privilegiada en el sistema, como lavándose la conciencia en un ejercicio de autodefensa contra terceros. No son pocos los casos en los que aquellos que, pese a utilizar el inclusivo (e, x o @ en lugar del masculino genérico), proferían comentarios racistas o misóginos. Es, en definitiva, una competición de egos. "Gente presumida, vanidosa y bien alimentada ha inventado un lenguaje para contener sus pecados", que diría George Carlin contra los eufemismos utilizados para expresar algo tan simple y directo como la pobreza. Concluía que “They're broke! They're fucking broke!”.

En definitiva, todo esto se resolvería con algo tan aparentemente simple como la honestidad. Con darse cuenta de que es más importante ser buena persona que evitar un lenguaje especista como es el insulto de “cabrón”. Sí, ahora a los animales les ofende el lenguaje humano. Se puede leer también en Twitter, que la expresión de “ser la oveja negra de la familia” es algo tanto especista como racista.

Las redes sociales son tanto una excepcional herramienta para la humanidad, como una de los venenos que la corroe. No son pocos los incapaces de vivir en el mundo real que utilizan la navaja de Ockham para otra cosa que no sea abrirse en canal. Aquellos que le dan mayor importancia al léxico que al acto, empezando la casa por el tejado. Un enfrentamiento lingüístico que agota el debate de las fuerzas progresistas. Los despistados que mirarán al dedo que señala a la Luna, en vez de a ésta. Aquellos que, probablemente, serán estudiados en el futuro como uno de los ejemplos más claros del postureo y la pérdida de tiempo.

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