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Las ortigas de Juan

09.03.2017 @caguecast 3 minutos

En la zona de peor umbría eligió la pequeña parcela donde pasaría muchos años trabajando. Puede que apenas tuviese horas de luz solar a lo largo del día, pero al menos no le costaría apenas esfuerzo aprovechar el agua del pequeño riachuelo. Y la tierra era excelente para el cultivo. Ahí comenzaría todo.

Primero aterrazó en tres pisos lo que era una pendiente demasiado inclinada como para siquiera intentar escalarla. Esa parcela no podía semejarse a las montañas que le rodeaban, necesitaba un espacio llano. Con los callos de sus manos trabajó durante meses en lo que mantendría el resto de su vida. No es que no existiese la maquinaria para hacer todo eso en uno o dos días. Tampoco lo hizo así porque el dinero brillase por su ausencia en la cartera de un humilde albañil de El Palo. A día de hoy es imposible plantar una excavadora en uno de los puntos más recónditos del monte. Pero Juan lo quería así, quería perderse.

Las horas y los días pasaron mientras trabajaba una tierra que pronto comenzaría a dar su recompensa. Ahí plantó tomates, cebollas, alcachofas, judías, cebollas y calabazas. Las semillas de varios limones y naranjas terminaron germinando para dar tantos frutos como sus ramas permiten sin partirse.

Al tiempo construyó ahí mismo una chabola con algo de mortero, chapa, cartón y pintura. Un sitio donde guardar sus aperos de labranza, comida y hasta un camastro. También tendrían cabida sus dos gatas, que entraban a través de un pequeño orificio en el suelo y se dedicaban a pasar las horas arriba de las ramas más altas que encontrasen de aquél algarrobo. Y también hizo una pequeña alberca con la que podría asegurar el riego de su huerto incluso en las épocas menos lluviosas. Ya estaba todo listo.

Aquellas impresionantes cuestas que había de subir una vez bajaba se le hacían cada vez más empinadas. Cada vez necesitaba más descansos en los que recuperar el aliento. Pero nunca dejó de acudir a su cita con su tierra, que necesitaba tanto como ella le necesitaba a él.  Aunque su espalda se resintiese, sus pies se llenasen de durezas, su pecho le doliese  y sus manos apenas pudiesen agarrar la azada. Porque la tierra era su bien más preciado, y no sólo la que él cuidaba, sino ya todos los montes que le rodeaban en un equilibrio perfecto que intentaba nunca descuidar.

Ahora nada crece en esa parcela excepto las malas hierbas. Las cebollas ya no lloran, sólo las ortigas duelen. Y sus gatos ya no están, aunque tienen donde dormir. La chabola apenas ha podido resistir el último temporal de lluvias, donde ahora la rama del algarrobo aplasta lo que antes era su pequeño salón. Las mangueras del riego no llevan agua porque la cal ha atorado sin remedio todo el sistema. Sólo los árboles frutales cumplen su función, aunque nadie quiera recoger nada de lo que ahí se consigue. Las alimañas han penetrado en el cercado y los jabalíes aprovechan para echar un trago en la piscina campestre y hozar en la tierra ahora seca. En una extraña calma, el tiempo parece haber pasado tan rápido como la naturaleza se lo ha permitido, y es que la vegetación retoma lo suyo en cuanto le dejan.

A Juan la tierra parece no recordarle, aunque a ella le dedicase gran parte de su vida. Nadie ha querido continuar con la labranza, ni alimentar a sus gatos.

Me enseñaste en un momento esencial de mi vida a entender y comprender las necesidades de una tierra que requiere ser amada. En un momento en el que nadie, por muchos títulos que tenga, ha sabido demostrarme tu sabiduría y tu sensibilidad por un ecologismo que no se te enseñó en la escuela a la que no fuiste. Juan, porque aunque no lloré tu muerte, te llevo dentro.

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