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Narcos: sombras y luces de la nueva serie del momento

21.09.2016 @caguecast 6 minutos

Pablo Emilio Escobar Gaviria, más conocido como Pablo Escobar o “El Patrón”, fue el mayor narcotraficante de todos los tiempos. Quien empezó su carrera en los setenta como contrabandista en Colombia, la meca de lo propio, terminó siendo uno de los hombres más ricos y poderosos de su tiempo. Se estima que amasó una fortuna valorada en 27.000 millones de dólares al controlar el 80% de la producción mundial de la droga más rentable: la cocaína. Hasta 15.000 toneladas llegó a exportar a los EEUU en una buena semana.

Imagínense por un momento que alguien como Amancio Ortega, el hombre más rico del mundo actualmente y estandarte de los empresarios españoles, tuviese a sus espaldas a la mitad de la inteligencia norteamericana y a los medios informativos del continente por numerosos delitos. Ambos son hombres “hechos a sí mismos”, es decir, que comenzaron desde la nada, y responsables de injusticias en países subdesarrollados, pero la diferencia radica en que Amancio siempre ha sido discreto (o lo ha intentado), mientras que Pablo quiso llegar a las más altas esferas de la política nacional y actuó con total descaro. Narcos es la historia de Colombia como una nación en la que  se le permitió por demasiado tiempo al crimen organizado campar a sus anchas, así como la historia de una intentona tardía para ponerle freno.

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Pablo Escobar posando tranquilamente en la Casa Blanca

 

Como en el caso de muchos otros grandes villanos de la historia, a Pablo le ha llegado por fin su primera gran adaptación televisiva. La cultura popular ya ha probado en numerosas ocasiones que con estos iconos sociópatas se venden solos. Hay camisetas impresas con la cara de Al Capone o Charles Manson (que no Marilyn), por no hablar de obras cinematográficas del calibre de “El Padrino” o “Scarface: El precio del poder”, donde se romantiza al crimen organizado, u otra forma más de terrorismo. El modelo es simple, tan solo necesitas aglutinar en una buena historia real o no tanto, una serie de factores que estimulan los más bajos instintos del ser humano, como son la violencia, poder, sexo y dinero.

A la ecuación se suma Netflix, el portal digital de streaming y después productora. Netflix encarna la cultura como industria en sus productos, que presenta y plantea con un cuidado asquerosamente intencionado. Si a las obsesiones primarias anteriormente mencionadas se suma el factor House of Cards, ya revientas. Al espectador le gusta recrearse viendo como supuestamente funciona de verdad (nunca lo sabremos todo) las altas esferas políticas e institucionales. Y es que hasta meten a un intrépido dúo de policías infalibles que resulta demasiado familiar a True Detective.

Narcos expone la realidad de la política estadounidense con el exterior y de la guerra contra la droga desde la mala conciencia. Son yanquis, sí, pero se creen mejores que sus dirigentes.

De este modo, el equipo que lleva a cabo la serie presenta a los servicios de inteligencia, FBI y DEA, como los cabrones salvapatrias de los que nadie escapa y nadie puede prescindir para reconducir la situación y así poder el mundo amanecer un día más. Colombia, por su parte, es un Estado impotente que necesita siempre de la actuación de sus vecinos norteños.

Parece que este complejo de superioridad es un elemento insalvable en las producciones Made in USA, pero en el caso de Narcos sí que se presenta al país de origen como el causante precisamente de la mayoría de los males.

Que en los minutos iniciales se presente a Reagan como el viejo conservador y encerrado en la dicotomía de la Guerra Fría, que encasillaba a las facciones como malas o buenas (siempre a merced de la voluntad de los dirigentes), es toda una declaración de intenciones. La guerra contra la droga no cobra semejantes dimensiones hasta que no entran en juego dos factores: el dinero y los comunistas. Nunca importaron las vidas de los drogadictos ni de los colombianos, sólo es una cuestión de pela y poder.

La guerra contra la droga no es otra cosa que una guerra, y éstas son siempre un negocio, que en el caso viene originado por la demanda producida en calles estadounidenses. En vez de luchar contra la demanda, se lucha ineficazmente contra el mercadeo de estupefacientes.

A estas alturas de la película, cualquiera pensaría que Narcos es una lección magistral  de historia y entretenimiento, en la que se muestra como colisionan el puritanismo e hipocresía de occidente, con una Sudamérica harta de permanecer a la sombra. Pero no es el caso.

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Vista aérea de Medellín, ciudad natal de Pablo Escobar

Desde el primer momento, aparece en pantalla un aviso que indica que esta serie entremezcla hechos basados en la realidad con otros ficticios, pero ¿hasta qué punto es legítimo jugar con un hecho relativamente reciente que afectó a la vida de miles de personas?

No son pocas las personas que no se han detenido a analizar un mínimo cuáles son los claroscuros de la serie y de Pablo Escobar como personaje, y mucho menos de la actuación de unos agentes del orden que poco tenían que ver con el Estado de Derecho. Si El Patrón se presenta irónicamente ante los medios como Robin Hood, los hay en 2016 que quieren disfrazarse de él en Halloween porque es “El Puto Amo”. Se expone en la serie su altísimo tren de vida y lo supuestamente poco que le cuesta. El sueño americano, vamos. Nadie parece querer pensar en él como el enemigo público número uno por motivos meritorios, como un terrorista peligrosísimo y un sociópata de manual.

La romantización de la figura del criminal no es una figura nueva, pero sí que es un fenómeno que parece replicarse cada vez con mayor asiduidad y potencia entre la población.  De la misma forma, se representan estereotipos nocivos sobre la sociedad latina, siempre tutelada por los EUA.

Pero por otra parte, ¿es necesariamente nociva la dramatización de un personaje histórico cuando ya se advierte al espectador de que es ficticia? Netflix no quiso en ningún caso hacer un documental sobre la vida de Escobar, pero sí en su caso una serie relativamente fidedigna a los hechos acontecidos. El paternalismo censor que pretenden algunos lo único que consigue es limitar la capacidad de expresión de los creadores, ya que no se tiene por qué exponer un mensaje de forma explícita siempre. Incluso los propios actores de la serie advirtieron de que Narcos no es una biografía. Tan solo quiere mostrar la historia de la ruta del narcotráfico que empieza en Chile y luego llega a Colombia. Es una historia de ficción basada en hechos reales en la que Netflix se toma licencias dramáticas para hablar del tema y hacer con su historia lo que quiera.

Nietzsche dijo en sus últimos momentos de cordura que la idolatrización de lo nefasto marca el comienzo del ocaso de una sociedad, pero puede que la sociedad se vea abocada a ese ocaso cuando no sea capaz de ser crítica con una simple teatralización de la verdad.

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