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Pedro Navaja

23.11.2016 @caguecast 3 minutos

Hay quien se refugia en su casa al caer la noche en Nueva York. Aparte del viento helado que corre calle abajo una vez se pone el sol, las avenidas del bajo Manhattan son el nido de la violencia. Tiroteos, atracos, drogadicción y prostitución. Bajando por el asfalto de la carrera de Bowery Side, un borracho que, botella de whisky en mano, casi no se tiene en pie. Solo le acompaña un Cadillac del 62 apostado al principio de la calle con un par de hombres de mediana edad. Aunque no tiene ninguna marca, todos saben que es de la policía.

Tendidos en mitad de la nada, dos jóvenes cuerpos todavía calientes. Aunque hubo ruido, nadie salió, no hubo curiosos, no hubo preguntas, ni nadie lloró. Como en una novela de Kafka, el borracho dobla por el callejón. Y aprovecha para llevarse lo poco que puede. Coge del suelo el revólver, un puñal ensangrentado y algunos dólares con los que podría dormir bajo techo esta noche o comprarse otra botella de triple seco.

Antes andaba por ese mismo asfalto y cemento Pedro Barrios. El chulo, de risa nerviosa, intenta esconder su cara y figura debajo de un sombrero de ala ancha a medio lado y una gabardina camel bastante holgada. Con ambas manos en los bolsillos la esperaba. Y ahí la encontró.

En la otra acera estaba Josefina Wilson, una panameña de segunda generación con un cabello rizado de un negro tan intenso como el color de sus ojos. Vestido rojo ceñido y tacones altos. Poco recatada con cierta clase. Refunfuñando por no haber podido hacer ni un peso aquella noche con los que poder comer mañana. No hay clientes con los que trabajar. Recorre la avenida una última vez en busca de mejor suerte.

Al verla, Pedro aprieta el paso. Mirando al suelo, corre a ritmo de clave de son. Tres, dos. Dos, tres. A la carrera, pero sin hacer ruido llega a la acera de en frente. Por fin se cobra la venganza que creía justa. Si no era suya, no lo sería de nadie. No trabajaría si no es con él.

Encima de ella, aprieta el puñal, que hundía en su corazón sin compasión mientras reía. Creía que lo haría fácil, pero entonces sonó un cañón. El 38 Smith & Wesson del especial que Josefina siempre cargaba con ella para que le libre de todo mal no cumplió a tiempo, pero sí que le permitió quitarlo de en medio.

Y en la acera Pedro cayó mientras veía brotar tanto la sangre de su pecho, como la de Josefina del suyo. Veía a la mujer que debería estar muerta, revólver en mano, decirle "yo que pensaba hoy no es mi día, estoy sala', pero Pedro Navaja, tú estás peor, no estas en na'. Y en una última carcajada, ver que cuando lo manda el destino, no lo cambia ni el más bravo.

Pedro, matón de esquina, quien a hierro mata, a hierro termina. Aunque ocho millones de historias tiene la ciudad de Nueva York, siempre el que de último ríe, ríe mejor. Todo para que el borracho se fuese cantando desafinado "la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida".

 

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