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Por qué no importa quién haya ganado las elecciones (en cierto modo)

09.11.2016 @caguecast 5 minutos

Hace 16 meses que Donald Trump anunció oficialmente su candidatura a la presidencia de los Estados Unidos de América por el Partido Republicano. Hace más de un año. En serio, más de un año de campaña electoral. Los estadounidenses se toman realmente en serio el tópico de que en su país se hace todo a lo grande. Sea como fuere, y sin saber a la hora de escribir este artículo, mañana por fin habrá acabado. La única buena noticia en un tiempo. Y yo que odiaba la campaña estándar española, ahora soy más humilde y pienso apenado en el prójimo yankee.

En las elecciones presidenciales de 2016 he visto el horror, que diría el coronel Kurtz de Apocalypse Now. Han medido sus intelectos y egos dos de los peores candidatos que se recuerdan.

Donald Trump ostenta el dudoso mérito de haberle hecho sombra a la estupidez supina de la ultraconservadora Sarah Palin (¿acaso alguien se acuerda de ella?), con lo que pasará a los anales como  uno de los políticos recientes más interesantes en el control de masas. Es bien sabido que politólogos y estudiosos de la comunicación andan bastante cabreados con su irrupción, ya que todos los manuales sobre demagogia y capacidad persuasiva deberán ser reescritos.

El asquerosamente rico es un entusiasta del cine. De hecho, antes de comenzar su carrera como un brillante inversor inmobiliario, pensó en dedicarse al séptimo arte. Fanático confeso de Clint Eastwood,  en la película que monta en su cabeza se ve como un pistolero que se toma la justicia por su mano. Una película sobre Donald Trump, protagonizada y dirigida por Trump, como es necesario.

El ciudadano estadounidense blanco de clase media se ha cansado de los políticos cortados por el mismo patrón. No se huye del bipartidismo, pero sí del continuismo en las candidaturas. No hace falta decir que el megalómano y demagogo ha captado a la perfección las necesidades de un nicho electoral potentísimo. Los millones de blanquitos resentidos que hace décadas no se sienten cómodos en los territorios otrora extremadamente racistas y homófobos, ahora tienen con ellos al paladín de la incorrección política. El "Trumpismo" del que hablaba Jorge Bustos se basa esencialmente en que Donald es la oportunidad perfecta para odiar incondicionalmente a los progres.

Trump el Bárbaro puede permitirse soltar una burrada tras otra porque es un icono. Y es una veleta, porque no es político de formación ni de profesión, sino empresario. Lo de ideólogo le queda grande y no lo necesita. Ni siquiera se sabe con certeza quién está detrás de su equipo asesor, pero sí que sabemos que es capaz de expulsar a los conservadores e intervencionistas liberales (contradicción en términos) que se han turnado en el poder durante los últimos mandatos.

Le dijeron en una ocasión que el mundo no gira en torno a su pene. Y se equivocaron, ya que tras la escalada de Donald hacia el estrellato máximo, ahora la Tierra no gira en torno del Sol, sino al rededor de su "Trumpa".

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Donald queriéndose mucho, para variar

Por su parte, Hillary, o "Hilaria", que diría Pablo Merinotiene entre sus principales virtudes la de simplemente haber tenido suerte. Si la campaña electoral ha sido especialmente encarnizada y los sondeos nada esclarecedores, se debe a que la liberal tiene por contrincante al nuevo Anticristo. Imagínate tú que se llega a medir ante Jeb Bush. Importa también el papel de unos medios han intentado dinamitar de todas las formas posibles al republicano. En la guerra mediática, el rubio prácticamente sólo tenía de su parte a Rupert Murdoch, presidente de la cadena FOX.

Por mucho que Donald explote el nicho electoral anteriormente comentado, Hillary se nutre del votante con miedo. No le votan a ella por su carisma (nulo), programa o carrera; si no porque consideran que la otra opción es peor que tu cuñado borracho dando un discurso en el banquete de tu boda. Votan a Guatemala para evitar Guatedesastre.

Votan a una mujer blanca rica que pretende dar la imagen de luchadora por los derechos sociales contra un establishment al que ella misma pertenece. Le apoyan los bancos, los servicios de inteligencia, las empresas armamentísticas y el dinero extranjero. Votan a una candidata que habla del peligro de su contrincante, cuando es una de las principales responsables de la guerra en Libia, el compañerismo con Arabia Saudí (quienes siguen jugueteando con el ISIS), y de la política de confrontación con Rusia.

Sea como fuere, soy tan incapaz de decidirme como de intentar adivinar el resultado. Probablemente, por mucho que le pese a Žižek, Hillary sea la opción más sensata. Nunca llegar a deshacerse de todo el recelo que causa, pero no se trata de una mujer que viva para ser trending topic. La gestión va más allá de la comunicación y el discurso incendiario de Trump. Es difícil saber cómo Donald va a conseguir ser la persona más famosa del mundo cuando tenga el poder en sus manos. Parece que el bloqueo en el Senado haga impracticable un gobierno de Hillary, mientras que Trump necesitará dejarse arropar por la cordura una vez desempeñe un cargo tan complicado. Una cosa es decir locuras y otra hacerlas.  Que lo mismo no es tan malo como dijimos.

Este artículo te llegará tarde, lo sé. Cosas de la hora de cierre. No soy chino, no iba a redactar el artículo a las 6 de la mañana para que tú me leas con las legañas aún pegadas. Solo quería aprovechar el último momento para decir que ambos candidatos me producen repulsión. Que en España sería como tener que elegir entre Susana Díaz Jesús Gil.

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