Columnismo

No vendría mal que se serenaran

29.06.2017 @alvarolario 3 minutos

Un profesor al que recientemente he sufrido criticaba cada semana a mi generación argumentando que vivimos en una sociedad mucho más violenta que la que conoció en su juventud. En sus tiempos, nos contaba, el acoso escolar no existía sino que en los colegios se producían “juegos de niños”. La violencia de género no se daba porque los problemas de pareja se resolvían en el interior de los hogares. Las agresiones homófobas no se habían inventado porque tampoco había “lobbies provocando” y cada persona podía hacer lo que quisiera dentro de su casa. Él, un varón heterosexual y blanco de clase alta, no había percibido ninguno de estos problemas. Le intenté explicar que si antes no existían no era porque la sociedad fuese mejor sino porque nadie había decidido ponerles nombre, y sentí verdadera tristeza al entender hasta qué punto un ser humano puede consumir su liviano paso por el mundo con los ojos completamente cerrados.

En Valencia Plaza han publicado un artículo cuyo autor, Javier Carrasco, se pregunta los motivos que hay para sentirse orgulloso de una “opción sexual”. Cito literalmente: “Todos los días tenemos a los líderes del colectivo gay con la matraca de sus derechos, siempre prestos a la caza de un homófobo en cualquier esquina de la ciudad. No vendría mal que se serenaran”. Alguien debería explicar a este señor que lo que sigue ocurriendo en cualquier esquina de la ciudad, incluso de Madrid, es que los homófobos cazan a los gays y no a la inversa. Saben que son gays por cómo visten, hablan o se mueven: de una manera que incomoda a las virilidades más frágiles.

España, gracias a grandes esfuerzos colectivos y a pesar de las resistencias, se encuentra hoy a la cabeza del mundo en aceptación social de la homosexualidad. También hemos sido pioneros en avances legislativos y reconocimiento de derechos de las minorías. La celebración del World Pride nos sitúa como referencia en libertades y derechos a nivel mundial. Incluso partidos políticos que con el matrimonio igualitario vieron amenazada la continuidad de su modelo de familia se suman al discurso de reivindicación.

Quizá como consecuencia de todo ello, autores como Carrasco son conscientes de que para escribir una barbaridad tienen que envolverla en lamentables justificaciones sobre que se llevan bien con muchos chicos gays o que no están en contra de la igualdad de derechos. Al introducir estos aspectos se sienten víctimas de una corrección política que, en los tiempos que corren, no es más que sinónimo de respeto y sana contención cuando enfermedades como la homofobia, la misoginia o el racismo tienden a mostrar sus primeros brotes. Autores así son la prueba de que las batallas se ganan poco a poco y de que las pelucas, los tacones y toda esa estética no son la degeneración de nada sino la esencia misma de lo que tanto les molesta: la subversión de los roles de género y el desafío de la heteronormatividad reinante. ¿Orgullo de qué? De entender la diversidad como riqueza, de no ser como ellos. No vendría mal que se serenaran.

 

Etiquetas
Artículo anterior Artículo siguiente
Etiquetas