Columnismo

Odiosamente adorable

17.12.2016 4 minutos

Me ha dejado mi novia. Mi novia. Si es que hasta me cuesta ponerle el ex delante. Me ha dejado mi novia y ni siquiera puedo ponerme cursi porque según parece el monopolio de la cursilería (y de todo lo monopolizable) en El Reverso, lo tiene copado Emilio Arnao, que además de cursi es un inconsciente. Pues no va y le dice a Arturo Pérez-Reverte que escribe con el culo... Reverte escribe con el culo mejor que Arnao con las manos, también te digo. Pero verás tú cuando se entere Reverte de que han mancillado su honor y se plante allí en Mallorca, en la cabaña de Arnao, para retarle a duelo a muerte, a ver si es tan valiente el niño mimado de Umbral.

El odio, como todo sentimiento visceral, es una forma de amor distorsionada: te tiene que importar mucho alguien para llegar a odiarle. Yo sé que en el fondo Arnao mataría por llegar a escribir tan solo la mitad de bien que Reverte, por eso le odia. Pero sigamos con mi novia. Seguramente os preguntaréis -escribo en plural porque espero que esto lo lea más de una persona; optimista que es uno por naturaleza-, ¿pero Juan Jesús, cómo te ha dejado tu novia con lo encantador que eres? No, si yo también me lo pregunto. Bueno, en realidad, no me extraña que lo hayamos dejado. Lo que de verdad me sorprende es que empezáramos a salir algún día, tan diferentes cómo éramos. A lo mejor esto no ha funcionado porque hemos acabado pareciéndonos demasiado el uno y la otra. Sobre el amor, tiene una reflexión interesante Caparrós (me refiero al escritor argentino; las reflexiones del entrenador de fútbol Caparrós no me caben en una columna): "Quizás alguna vez entienda cómo pueden juntarse dos personas tan distintas. Aunque las reverberaciones de esta frase no me convencen: ¿significa que creo que deberían justarse los iguales? Considerando que la base de la relación entre hombres y mujeres es la diferencia, ¿no sería lógico que esa relación persistiera en su esencia y que más se juntaran, entonces, los que más difieren? La unión de lo que solemos llamar dos almas semejantes, un hombre y una mujer que parecen hechos el uno para el otro, ¿no sería entonces un escape de esa diferencia, un modo de atenuar lo básico de la relación heterosexual, de no ir hasta el fondo del asunto, una mera solución de compromiso, homosexualidad apenas disfrazada?".

Viene a decir Caparrós que los que se pelean se desean, pero en palabras más bonitas. No estoy hablando de discusiones sobre quién se ha dejado la tapa del váter (o del inodoro, que suena más cool) levantada, sino de verdaderas batallas campales. A mi me han llegado a tirar "El arte de la guerra" de Sun Tzu a la cabeza (y no era la edición de bolsillo precisamente): contra eso poco margen de maniobra te queda. Y es que llega un momento de la relación en el que tu pareja te conoce mejor incluso de lo que tú te conoces a ti mismo. Eso te hace muy vulnerable: al conocer tus puntos flacos sabe dónde hacerte daño. Estas discusiones suelen acabar de dos formas: o en el hospital o follando -o follando en el hospital-. No hay más que ver la boda de Relatos Salvajes. Un cielo en un infierno cabe, que diría Lope de Vega.

Pío Baroja en "El árbol de la ciencia" compara al amor con la medicina: la alopatía y la homeopatía. "La alopatía amorosa está basada en la neutralización. Los contrarios se curan con los contrarios. Por este principio, el hombre pequeño busca mujer grande; el rubio, mujer morena, y el moreno, rubia. Este procedimiento es el procedimiento de los tímidos, que desconfían de sí mismos... El otro procedimiento es el homeopático. Los semejantes se curan con los semejantes. Éste es el sistema de los satisfechos de su físico. El moreno con la morena, el rubio con la rubia. De manera que, si mi teoría es cierta, servirá para conocer a la gente. Se ve un hombre gordo, moreno y chato, al lado de una mujer gorda morena y chata, pues es un hombre petulante y seguro de sí mismo; pero si el hombre gordo, moreno y chato tiene una mujer flaca, rubia y nariguda, es que no tiene confianza en su tipo ni en la forma de su nariz".

En un capítulo de "Dos hombre y medio" Charlie se liga a una chica bebedora y ligerilla de cascos. Cuando se da cuenta de hasta qué punto se parecen exclama estupefacto: "¡Oh no, estoy saliendo conmigo mismo!".

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