Columnismo

Olas contra la roca

30.08.2016 @juanmcfarlane 5 minutos

El miércoles un terremoto sacude el centro de Italia. Yo, a ciento cincuenta kilómetros del epicentro, ni lo noto. Sigo durmiendo plácidamente, y no es hasta que leo el mensaje de una amiga por la mañana cuando me entero de la tragedia. Tampoco es para tanto. Un temblor, un par de casas derruidas. Yo estoy a salvo.

Más tarde, en el aeropuerto, veo las primeras cifras en las enormes pantallas de la sala de embarque. Doscientos cuarenta y uno. Recuerdo con nitidez el número porque me golpea como una losa que cae de súbito sobre la cabeza, tan inesperada como la propia catástrofe. Esto parece serio. Doscientos cuarenta y uno es un número relativo, que igual puede ser la velocidad de un motor de Fórmula 1 o la cantidad de vecinos reunidos para quejarse sobre la huelga de basureros. Pero si hablamos de víctimas italianas, es muy alto. Y por primera vez en todo el día me uno a la conmoción del país que me aloja, con cierto sentimiento de vergüenza por la tardanza.

No me dura mucho. Pronto me subo al avión y se me olvida todo lo demás. Nunca me han hecho ilusión las alturas, aunque esta vez tienen más culpa el despegue en curva, el fuerte viento sobre el Mediterráneo y las prisas del piloto por aterrizar en picado. En cierto momento del vuelo, en un intento de evadirme de las turbulencias que me ponen el estómago en la boca, miro por la ventanilla y veo un barco, minúsculo en la inmensidad azul. Por un instante, se me va el pensamiento a los refugiados a la deriva en ese mismo mar. Pero en seguida la enorme lata voladora se retuerce de nuevo y la visión del ala doblándose me hace apartar la mirada. Maldito viento, maldito avión. Cómo odio estar a cuarenta mil pies de altura. Yo sí que estoy en peligro de muerte.

Ya en España, con los pies firmemente sobre el suelo, me subo a un autobús. Va a ser largo el camino así que me lo tomo con calma. No me pone nervioso el número de magrebíes a mi alrededor. No soy racista ni islamófobo; es más, hasta me gusta considerarme simpatizante de un pueblo a menudo estigmatizado. Pero es verdad que hay un señor un poco extraño. Viste un manto blanco que le cubre todo el cuerpo y lleva la barba prescrita por el Corán. Y una bolsa negra muy grande que le da a otro hombre de aspecto similar. Intento relajarme. No pasa nada, son marroquíes normales. No tienen por qué adaptarse a la moda occidental para que yo esté a gusto. Ni tienen por qué dejar de hablar entre cuchicheos o de lanzarse miradas cómplices desde sus asientos alejados. 

Cuando ya casi he conseguido serenarme, una voz desgarra el aire cargado del autobús. Una voz que me agita porque la reconozco. Es un muecín llamando a la oración. Se le escucha con un sonido metálico, como si estuviera grabado y alguien lo hubiera puesto a todo volumen. En ese momento desearía no entender las palabras que recita y poder refugiarme en la feliz ignorancia. Pero las entiendo. Es una invocación coránica muy recurrida. Allahu akbar. Alá es el más grande.

Me repito por dentro que no pasa nada. Es una fórmula con la que se suele iniciar la oración en el islam, no un manifiesto yihadista. No es más extremista que el velo, el ayuno en el ramadán o acudir a la mezquita. Es comprensible que algún musulmán lo tenga guardado en el móvil y que por cualquier motivo haya sonado sin querer. De hecho, el canto cesa rápidamente, cortado con la premura de quien siente que está molestando. Poco a poco, vuelvo a calmarme. Y, a medida que pasan los minutos y nadie explota, me acabo por dormir.

Al fin llego a mi casa. Estoy tranquilo, cansado, sudado. Me tumbo en mi cama y entonces me da vueltas lo que he vivido. Me da la sensación de que he sobrevivido a tres muertes en un solo día. Sean reales o inventadas, me he visto en el ojo del huracán y entonces todo me ha resultado nítido, claro. Me ha importado cuando era yo el que estaba o creía estar en peligro. Pero ahora estoy a salvo, mi familia está a salvo, y no puedo evitar verlo a través de un cristal, transparente pero sólido. De nuevo, acabo por dormirme.

No se puede vivir en la tragedia. Especialmente cuando no afecta directamente a tu vida, tu rutina, tus tonterías diarias. Estar de luto continuamente por lo que ocurre en el mundo no es posible cuando pones las noticias cada día y escuchas desgracias que, como el pan cotidiano, acompañan el almuerzo. Si nos sumiéramos en el dolor por todo lo que pasa, este acabaría por asfixiarnos, por paralizarnos.

Pero sí se puede tomar en serio. Hace un par de días he descubierto en mí mismo una actitud de indiferencia que me ha dado miedo. En seguida me he dado cuenta de que está muy presente en esta vieja Europa nuestra. Es la indiferencia burlona, el duelo simulado, el ‘ay, qué pena’ antes de coger el móvil y seguir viendo vídeos de gatitos. Nos molesta cuando está cerca (porque podríamos ser nosotros) pero ni siquiera entonces llega a movernos. Es cierto que no hay que hacer dramas personales por cosas que no podemos cambiar. No hay que frustrarse por el mal, porque siempre va a estar ahí. Pero lo que veo dentro de mí y a mi alrededor no es impotencia ni aceptación, resignada o no, de la realidad. Es una falta simple y llana de la más básica empatía.

Se puede romper ese círculo. Se puede tomar en serio el peligro del terrorismo, el dolor de las víctimas, los muertos en el Mediterráneo, los miles de males que nos rodean, que nos golpean como olas sobre las rocas impasibles. Que ni nos mojan muchas veces. 

La vida sigue, por supuesto. Pero quiero creer que se puede elegir cómo vivirla. Quiero creer que hay otra actitud, más humana, más allá del sueño profundo que solo acaba cuando el dolor nos azota a nosotros. Entonces, sí que nos parece duro. Y nos despertamos.

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