Columnismo

Pan y vino

Juan, ponte el cinturón

25.01.2018 3 minutos

La historia de la zanahoria morada ya la conocía. No soy muy amigo de los fanáticos, pero me tocaron en la familia: a Canal Sur se le respeta hasta las campanadas de fin de año. Conocer el origen de este producto autóctono de Cuevas Bajas fue mi mejor opción durante la madrugada del miércoles. Juan estaba por la labor y ambos preferíamos combatir el raro estruendo del motor con nuestra conversación. Eso sí, ni el aparato ni mi paisano decidieron arrancar rápido. Le costó lo suyo a mi improvisado vecino de butaca, quien antes de comenzar su conferencia no hacía más que mirar hacia delante. Todos confiábamos en esa dirección, pero más deseaba yo que el piloto no tuviese la misma cara de zanahoria morada que mi acompañante.

- “No quería decir nada, pero me tenía ya mosqueado el ruido”, confesó una vez estabilizados en el cielo vasco.

Todo un acto solidario que hizo que no cundiera el pánico. Digno de un hombre que hizo la mili en Viator y con fuerte vinculación vasca. No había cabida para el miedo en aquel ser al que nunca le había dolido la cabeza. No como a su mujer, que a menudo sufría de ese incómoda dolencia. A ella, y a su cuñada, la dejó en la cola del avión. Las prisas de la aerolínea trajeron sus consecuencias, pero Juan no tardó en olvidarlas. Sabía que conmigo también tendría una muerte amena. Risueña seguro. Una. Dos, y hasta tres veces miró hacia atrás para ver dónde las habían ubicado a última hora. Fue el mejor momento para desvelar su pasado futbolístico. Ni Ronaldinho con su elástica. Voy, no voy, voy.

- “Caballero no puede levantarse”, le cortó el balón la azafata.

Pero Juan no tenía motivos para preocuparse. No os voy a engañar en que su cuñada hubiese estado más cómoda viendo algún programa de Canal Sur, pero tampoco os miento cuando os digo que estaba como en su dulce hogar. Medias de compresión en mano, decidió rebuscar entre su equipaje hasta encontrar su preciado tesoro: unas zapatillas azules de andar por casa. Su estancia en Bilbao había 'zanahoriado' sus tobillos. La mujer de Juan hacía las veces de enfermera. Con un poco de agua calmó el dolor de su hermana. Al que era ya mi nuevo amigo le bastó con quitarse la chaqueta para parar, según él mismo, la cocción de sus propias semillas 'zanahorianas'.

- “En Torrox vi a Rafa Cremades”, seguía con su ruta de las ferias de los pueblos malagueños.

Fue ahí cuando me di cuenta de que no estoy muy atento a los rótulos de Canal Sur. El adoctrinamiento de mi abuela se estaba dejando algunos hilos sin puntar. No tardó Málaga en aparecer en el horizonte y Juan en volver a recordar a su mujer. Poco le gustó el giro del piloto. De querer ver la silueta iluminada de la Costa del Sol a volver de nuevo a dirigir su mirada hacia el frente.

- “Juan, ponte el cinturón”, le dije entre risas.

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