Columnismo

Pan y vino

La vida

05.04.2018 @@_samuelruiz_ 2 minutos

Sé lo que estás pensando. Es austero, desprende a olor a biblioteca antediluviana y no goza, precisamente, del aspecto flamante que tendría uno nuevo. Sin embargo, preside mi estantería desde que cayó en mis manos. Cuatrocientas treinta páginas, y las que le siguieron, de pura felicidad. Con el rompecabezas completo. Con el crimen resuelto. Y con el resumen perfecto: el suspiro. Porque la vida se resume en suspiros. El de cuando lo abres para olerlo, el de cuando aguantas la respiración hasta que terminas un capítulo o el de cuando lo terminas, lo cierras y no se oye más que un leve roce entre las páginas. Luego están los suspiros al cristal empañado en días de lluvia, fuera y dentro de tus pupilas, los de la decepción o la tristeza, o los de las despedidas, más en las infinitas que en las efímeras. Son las efímeras las que menos disfrutamos. Hasta que el suspiro de las infinitas te ahoga en una petit mort a la inversa. Algo se desprende de ti, pero con el dolor sustituyendo al placer y con la muerte sustituyendo a la vida. Esa que a veces cuenta contigo y a veces ni te mira.

Placer es soñar con un campo de amapolas en una siesta de verano. Saber que tu abuela te iba a comprar un helado a media tarde tras un largo día de heridas inocentes en el parque. Placer es que tu primo te dejase una de las tropecientas películas de pokémon que almacenaba en su estantería y por las que a ti se te caída la baba o que tu madre se creyese aquello de que te dolía la barriga. Luego están los primeros besos, las primeras sonrisas milimétricas y las primeras sensaciones de que el reloj parecía estar estropeado. Los pellizcos indoloros o los mordiscos inofensivos. Las tardes en la playa, los madrugones para ir a la montaña o los días sabáticos en los que la peli y la manta no eran más que eso: un tópico.

Hasta que dejas de sentir el agua helada mientras de duchas o la caliente mientras bebes. El momento en el que te das cuenta que mientras ibas al kiosko con el dinero de la abuela no estabas más que haciendo equilibrio en un fino elástico. Desde que nacemos, funánbulos de la vida, la que te da todo de golpe y luego te lo quita. ¡El Genio es inmortal! Le hizo decir Valle-Inclán a Don Latino en su primera aparición en la escena decimatercia. Y no estaba borracho, era el dolor. Te quiero, tan efímero como la eternidad; tan infinito como el presente. La vida, esa que te obliga a seguir la estela. Déjense guiar.

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