Columnismo

Pan y vino

Rusia, después de todo

14.06.2018 3 minutos

Podéis respirar tranquilos. Pese a la destitución del seleccionador nacional, Julen Lopetegui, España seguirá participando en el Mundial y no tendréis que descambiar esa SmartTV que tan bien os vendieron bajo la bandera rojigualda. Pero es que es el Mundial. Tiempo para disfrutar, pero para también echar de menos. Para echar la vista atrás y para invocar la nostalgia en el primer sorbo de cerveza antes de que el balón eche a rodar. No fueron gratas mis primeras nociones conscientes de lo que significaba un Mundial de fútbol. Zidane le acaba de dar un cabezazo a Materazzi en la final de aquel mundial del 2006. Yo hasta tenía el balón del mundial de Alemania, pero no supe que aquello que le ofrecí a Jesús el día de mi comunión tenía tanta trascendencia hasta que llegó Sudáfrica y comprobé el follón que se formó con el jabulani. Lo que importaba es que estaba chulo. Volviendo a 2006, poco me importó tampoco lo de Zidane. Una piscina me estaba esperando afuera, mientras mi padre y dos amigos comentaban la jugada de Zizu, más digna de artes marciales que de fútbol. No había motivo, bajo la perspectiva de un niño de 9 años, para juntarse frente al televisor si tu país no está jugando. Pero si el fútbol une, ¡qué decir de un Mundial! Eso también lo descubrí un poco después, cuando Iniesta nos alzó a la mismísima gloria en 2010. Estoy seguro de que, en el momento en que Casillas levantó la copa que nos acreditaba como campeones del mundo, bajo la pupila cristalina de mi padre sólo había una idea: maldita la hora en que cuatro años después ya no eran tres al frente del televisor, sino dos. Mejor fue mi experiencia en la Eurocopa que se celebró dos años después. Visité a mi abuelo Paco un cuarto de hora antes de que comenzase el partido. Los que me conocen saben que me gusta ver el fútbol solo, pero ese día me quedé con él y triunfé. Triunfamos. Mañana comienza el Mundial para España. Con los que están y con los que estuvieron, pero no pueden aparecer más que retratos felices. Se trata de la fiesta del fútbol. El olvido de las diferencias de sexo, religión o étnica y el acierto en la unión ante una única pasión: el fútbol. Abraza, si es lo que te apetece cuando marque un gol tu país; comparte la bandera de tu nacionalidad con la de tu rival, y que un francés bese a un inglés. Llora cuando haya que llorar. Sonríe cuando encuentres esa mirada que te devuelve a la vida. No lo dudes, aún tienes tiempo para ir a comprar un par de cervezas: “Hoy, el fútbol lo veo contigo”. Disfruten, la mejor cámara es la retina. Aprovechen, esperar otros cuatro años es demasiada incertidumbre.

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