Columnismo

Pan y vino

... la sangre congela

22.03.2018 @@_samuelruiz_ 3 minutos

El mundo al revés. O sabio, quién sabe: lo que te quita por un lado te lo suma por otro. El dulce equilibrio. Pura álgebra. La madre naturaleza, esa que se desvaneció en el 11, el autobús de los que cruzamos a diario Málaga. Allí, la balanza no hizo un contrapeso efectivo. 5-1 fue el resultado e irremediablemente tuve que apostar por el perdedor, perdedora en este caso. Ya puedes ser millenial o analógico, mujer, hombre, abuelo o nieto que portarás un smartphone en tu mano mientras confías que otro por tí solicite la parada. Pero allí estaba ella, que tampoco levantó mucho la mirada, pero al menos coincidieron nuestras pupilas. Tuve esa suerte, y eso que sus pestañas solo orientaban hacia una dirección: las letras de la novela que sostenía entre su mano izquierda. La derecha, con las uñas pintadas de color rosa, frotaba las finas hojas. Una, dos y tres, hasta que se decidió por pasar de página, cosa que más de uno tendría que hacer (no me incluyo). Ahí, ella cambió el gesto. Interpreté que estaba atravesando un pasaje trágico. Mientras tanto, mi pierna derecha temblaba: estaba llegando tarde a misa. Una rueda de prensa, quería decir.

No sabía si mirar la hora, a sabiendas que ya iba tarde, o seguir intentando averiguar el color de sus ojos. Por sus labios, ya estaba sufriendo bastante. Un leve mordisco acompañaba su triste mirada cada vez que completaba un párrafo. Entonces, recé para que no le gustase leer a Stephen King, una tensión innecesaria, igual que la mía en cada semáforo en rojo. Crucé mis piernas y cruzó las suyas, se recogió el pelo y se volvió a sumergir en su viaje virtual. En el real, dudaba si ir a sentarme a su lado, quería cumplir mi fantasía textual con ella, pocas veces se distingue bien el grano de la paja, pero una anciana se me adelantó. La abuela ni me miró a mí ni miró al libro, poco le importó más que estar atenta al panel que avisa de las paradas. El pasajero de detrás de mi amada lectora tampoco hizo por ojear el libro, el Facebook le bastaba, y la señora del fondo intercambiaba mensajes con su amiga, cuyo novio era un egoísta, según sus propias grabaciones.

La tensión se apoderaba del ambiente. La anciana ya colocaba un pie fuera del asiento para no demorar su salida; la lectora contabilizaba las páginas que le quedaban para terminar el capítulo, le tocaba hacer la media entre la velocidad de su lectura y la del acelerador del conductor de la EMT, y yo miraba en el Google Maps dónde quedaba el ayuntamiento, que lo sabía, pero ahí queda mi crisis de inseguridad. La misma que me hizo irme con la libreta vacía: no conseguí ni el nombre del libro ni el nombre de la chica. Mucho menos su número, y eso que al final del trayecto sacó su smartphone. Mañana probaré suerte otra vez, dejaré el iPhone en la mochila y cogeré algún libro de mi estantería, excepto los de Stephen King, que pesan. Mañana, con suerte, subirán las temperaturas. Más nos vale, que más que inseguridad hablamos de frialdad. Que la primavera la sangre altere, no la congele.

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