Columnismo

Pan y vino

Yo quería hablar de gambas

19.04.2018 3 minutos

Uno, que empieza a cruzar la veintena, comienza a no soportar el frío. En las montañas que abrazan Granada, Bóreas es un genocida. Más cuando tu estancia nocturna toma como punto de partida la plaza del pueblo. El vaso, en la mano con guante; el móvil, en la desnuda. Un filigrana de fácil ejecución para un ambidextro. Qué tiemble el Mago Pop. Lo de hacer botellón a mi edad, que tampoco es mucha (véase mi pelo, con pronóstico de frondosidad eterna), lo trataremos otro día. U otra noche. De lo que aquí hemos venido a hablar es de mi libro. No, es broma. No tengo. Vamos a hablar de gambas. En serio.

- “Perdone, ¿dónde puedo comer churros?”, me preguntaron en un elegante abordaje mientras atravesaba el Paseo del Parque.

Un pequeño paso para el hostelero, pero un gran paso para la comunidad guiri. Era la primera vez que lograba entender a alguien con acento inglés que reclamaba churros a las diez de la mañana. No por mi no título de B1, que es lo que se lleva ahora. Lo de no tener, no el camión amarillo. Sino porque ninguno de los dos íbamos ebrios, que para la hora y la demanda, suponía una situación extraña para mi interlocutor. La estrategia de los museos parece que le está saliendo rentable a De la Torre. Al menos, en lo que a la civilización se refiere. Lástima que sólo fuese un espejismo. Claro, es que pedir churros en estado de embriaguez es un arma de doble filo. Mojar la porra en el cubalitro no es una buena idea. Lo de mezclarlo en el estómago junto con un vasito de chocolate caliente tampoco lo tengo claro. Otra opción es liarte a porrazos como hicieron en la feria de Sevilla. Pero tampoco renta. Con la comida no se juega y a altas horas, ruge.

Irse a la cama vacío, dejen volar vuestra imaginación, tampoco encaja en la noche perfecta. Después de horas y horas de larga conversación con la mano izquierda congelada, lo último que deseas es cerrar los ojos sin saciar el estómago. Todos. Después del desgaste físico, por norma toca recuperar. Ya que no te has comido un rosco qué menos que comerte una rosca. Con tomate y aceite, que eso es siempre bueno. Dicen, yo nunca lo he probado. Embriagado, digo. Mi padre cada fin de semana que madrugo me pregunta por qué no fui a su panadería a desayunar. Papá, lo siento: no soy tan valiente. Contigo, digo. Porque en el botellón siempre encuentro veganas. Una aventura es más divertida si huele a peligro. Comprenderéis que después de tales batallas necesite recuperar calorías. Y al frío y al discurso se le añade el cargo de conciencia. Un pitufo mixto lleva jamón, un pitufo con chicharrones también es pecado vegano y un pitufo con lomo, menos… Al final pan con pan con cara de tonto, vacío y raspando el aprobado una noche más. O tiro de churros o tiro de comodín:

- “Y pescado, ¿comes?”, lancé un gancho en la batalla dialéctica.  

- “Procuro no comer… menos gambas. Las gambas no me inspiran ternura”.

Os lo prometí.

Artículo anterior Artículo siguiente