Columnismo

Pan y vino

Son inocentes

28.12.2017 @@_samuelruiz_ 3 minutos

Fotografía de Andrei Stefan Balog.

A menudo tengo los mismos gustos que Donald Trump. Somos humanos. Cuánta razón llevaba Eduardo Mendoza cuando observó que el horizonte se alejaba cuando buscaba alcanzarlo. La utopía. Nadie es perfecto. Y como ni Donald ni yo lo somos, nos gusta cenar fuera. A él, y a sus predecesores –que no se vayan a librar de mi condena–, con armas y a mí, con amigos. A él, a miles de kilómetros de la Casa Blanca y a mí, si es posible, cerquita, para estar preparado para cuando el árbitro indique el descuento. Pero ni con esas me salvo. Los dos somos igual de culpables.

Petrificada. Así te vi cuando alertaste de que su ropa era occidental. Y no te llamabas Europa. Las lágrimas que brotaron aquel día cuando viste como el mediterráneo bañaba el cuerpo sin vida del pequeño Aylan eran directamente proporcionales a lo próximo que se encontraba tu salón. Los velos, las túnicas, las camisetas rotas, la sangre, los coches bombas y las ambulancias de otro siglo quedaban demasiado lejos. Pero el 2 de septiembre de 2015 nuestra perspectiva cambió. Aylan vestía como nosotros. Su camiseta roja era idéntica a la que vestía tu nieto mientras degustaba un tazón de cereales. Aylan podría haber sido tu hijo si bien la cena se hubiese celebrado en el salón de cada uno de nosotros o el azar nos hubiese situado en Oriente. Viste la muerte de cerca. Descubriste la injusticia silenciada.

“Vive soñando el nuevo sol en que los hombres volverán a ser hermanos”. Parece ser que a Junker, presidente de la Comisión Europea, también le gusta la utopía. Que rapiñasen la obra de Beethoven para darle letra a un himno de la Unión Europea más que una casualidad me parece una metáfora. Supone la respuesta del deseo del viejo continente de limpiar su oxidada imagen. La de rapiñar los bienes de poblaciones inferiores. Empobrecidas. La de romper los barcos en las costas opuestas para que no puedan salir, para que mueran en sus guerras creadas con armas del ‘Norte’. La de echar la culpa a las mafias y la de incumplir las resoluciones internacionales. Y es que los líderes internacionales más que para construir, se reúnen para desayunar.

Y para qué oír ciertas televisiones: “Los refugiados están aprovechando el buen tiempo para lanzarse al mar”. Como cuando tus abuelos deciden ir o no ir a Benidorm según el devenir de las condiciones meteorológicas. El mejor antídoto para quitarle hierro al asunto: hablar del tiempo. Pero ni el mediterráneo es un ascensor ni los migrantes son nuestros vecinos. Son nuestros hermanos. Ni nos quitan el trabajo ni destruyen nuestro hábitat. Ni mucho menos son terroristas. A cada cosa por su nombre: Aylan es una víctima y el imán de Ripoll no era un imán, era un asesino.

De ellos nos aprovechamos durante años. A ellos hemos consentido que se les lleve la cena occidental. Trump no quiere que le salpique, por eso cena fuera. Nosotros lo volveremos a hacer gracias al silencio. Da gusto no mirar, ¿verdad? ¿Y si invitasen a cenar? No os confundáis: ellos, los que se juegan la vida, son inocentes.

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