Columnismo

Pan y vino

Yo invito

30.11.2017 3 minutos

Haz la cuenta. Cuatro cascos de naranja para cuatro personas. Fácil, pero son seis: faltan mis abuelos. 1974. Dos generaciones y aquí estoy. Ellos, los maternos, aquella noche se conformaron con saborear la dura y ácida cáscara. Más le nutría a mi abuelo que la división le saliese exacta a ver un cero antes de la coma. Una ingesta suficiente para cuando tuviese que volver a recoger la uva. “Pasaba el día en la viña”, aún recuerda. A 5 kilómetros, ni uvas ni naranjas. Pan. “Cuanta hambre quitó tu abuelo”, llegaron a decirme en aquella fría sala de aquel 8 de enero. Y vino. Sus dos amores, mis dos reflejos.

La edad no perdona, la única verdad absoluta que me atrevo a revelaros. Sé que la conocéis, pero ahora creo, que no pienso, que tu memoria nunca falló. Cuestión de fe. Que te gustaba hacer la pregunta. Que te gustaba que te contestase. Te contentaba: sí, abuelo, quería ser periodista. Aquí estoy recordándotelo de nuevo. Aprendiendo de mis errores y esculpiendo tu mejor herencia en virtud: escuchar. A un lado y a otro. La reflexión como modelo de vida. La invitación a una ronda infinita. Que tus libros estén en mi estantería y tu reloj en mi muñeca supone seguir alerta: la mejor apuesta es el aprendizaje y la mayor pérdida, el tiempo.

Y es que ahora, con más tiempo, se suele apostar por la nada. Una pérdida de tiempo. El que seguro que no dejaba mi otro abuelo. El de la disciplina. El del despertar antes que el astro rey, el de la baraja y el emigrante a Francia en época de vendimia. El huérfano. Al que mataron a su padre y hermano, al que raparon a su hermana encarcelada y el que tenía que callar para que no faltase la naranja de la cena. El currante, quien no paró hasta ahorrar para conseguir su deseada viña. El desconfiado:

– “A mi esos que van con las alcachofas no me gustan”, me llegó a decir hasta hace pocos meses.

– “Abuelo, yo quiero ser de los que escriben”, le intentaba yo convencer.

Hasta que lo conseguí. Y a ti aún sí te puedo ver, pese a tus 93 inviernos. Veo como los ojos se te encharcan cuando ves cómo voy subiendo escalones y disfruto haciendo lo que amo. Cuando me despediste en mi marcha a Madrid con mi beca en El Confidencial. Y para tu felicidad, aún no me has visto con una ‘alcachofa’ –aunque alguna que otra sí que haya cogido–. Mi arma sigue siendo la histórica: pluma y papel.

En ninguna de las capitales en las que he vivido lejos de vosotros, ni allá donde me haya perdido, me olvidé de reflexionar lo que mi mesa contenía en comparación con la vuestra a mi edad. Una obra de ingeniería de un agricultor y un panadero que dos generaciones después sigue dejando su legado. Ahora me encargaré yo de transmitirlo. A esta, queridos abuelos, invito yo.

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