Columnismo

Peso pluma

Amor constante más allá de la precariedad

15.10.2016 @PrincesaOnAir 4 minutos

Lo supe antes de empezar a escribir. Incluso antes de empezar a hablar. Mis balbuceos ya eran entradillas sin titular. Estoy segura. Eran locuciones desordenadas de una noticia que estaba por ocurrir; más aún por redactar.

Tenía cinco años cuando me apoderé del micrófono. Recuerdo que era un micrófono rojo de una grabadora y reproductora de casetes Fisher-Price. Presentaba mi propio programa. Me presentaba a mi misma. Yo era la locutora narcisista de aquel amago de espacio de entretenimiento pseudo-mediático además de la artista invitada. Y cantaba. Y no tardé en cambiar cantos por entrevistas y en aprovechar letras de canciones para tener respuestas a mis preguntas.

“Marta Sánchez, buenos días, cuéntanos, ¿cómo estás, en qué momento de tu carrera te encuentras?”, preguntaba a nadie, a la nada, con voz infantil engolada. Y no tardaba en darle al ‘play’ en otro aparato para que la propia Marta contestara y cantara: “¡desesperada!”.

Eran los comienzos de un amor que no ha muerto. Más bien, sigue creciendo. Es un amor que no entiende de dificultades y que se sobrepone a las decepciones. Que se ampara en la soledad, que crece en el anonimato. A ratos es platónico. A veces, consumado. Es uno de esos amores románticos sobre los que hay que concienciar, porque te puede terminar matando a base de tragos de maltrato tolerado.

Cuando terminas la carrera, la ilusión convierte todas las horas en pocas durante esa primera beca de formación. Es tu primera cita. Tu primera oportunidad para demostrar tu pasión y ver cómo te corresponde. Qué grandes maestros y maestras he tenido la suerte de exprimir para obtener conocimiento. Ay, celestinos y celestinas del trabajo silencioso de las palabras. Con vuestro ejemplo, el sentimiento se agranda.

Y pasas una primera beca. Y después de tu ‘first date’, viene otra. Y otra. Y yo tuve suerte y hasta firmé contratos. ¡Si! ¡Nos casamos! Sin perdices, eso si, en esta invitación de boda. Nunca fue fácil porque es un oficio ingrato. Pero, a medida que pasaba el tiempo, las condiciones laborales iban empeorando. No perdías la ilusión, el enamoramiento es incondicional. Pero el cansancio mina las expectativas de una relación que no se renueva. O que lo hace para peor.

Ya lo sabía. No vine a ciegas. En cuanto tuve conciencia más allá de mi flechazo irracional, supe que no era un oficio de oficina, ni horario ni calendario. Y eso es lo que yo quería. Quería que cada día fuera diferente. Una aventura. Yo le quería. Quería al periodismo tal y como era. Nunca quise cambiarle. Es así -pensaba-. La noticia no está programada (JA, añadiría ahora pasados los años). Surge y sales corriendo. O la buscas hasta encontrarla fruto de una investigación concienzuda (otro JA, si me lo permitís, me sale de lo más profundo de mi cinismo).

La primera discusión con tu compañero de vida llega cuando no es una noticia ni medianamente relevante la que te mantiene fuera de casa durante jornadas que, ya por costumbre, se doblan. Cuando es la aparición de una medusa en mitad de una playa en verano (¡oh! qué extraño) la que te saca de tu evasión un domingo de descanso. Cuando tienes que hacer fotos porque resulta que llueve en otoño. O cuando lo único que te falta en una rueda de prensa para cubrirla es directamente darla tu. Cuando tienes que hacerlo todo por él, a cambio de nada. Porque ni tiempo ganas, ni economía, ni sueños cumplidos. Y cada vez menos sonrisas.

Es el gran desengaño. Porque es mentira. No es así. Al periodismo lo han sustituido por ‘ruedaprensismo’  y lo han hecho explotador. Y se ha convertido en normal. En un hábito tolerado por quienes lo hemos permitido demasiadas veces. Y, ya sabes, no digas de este agua no beberé porque igual te atragantas. Recuerda. Está demasiado inculcado ese sentimiento amoroso basado en el sacrificio, fraguado a base de nuestras particulares películas Disney: que si Primera plana, que si Todos los hombres del presidente...

Sí. Las condiciones laborales son los problemas de convivencia en este amor vocacional. Es un matrimonio injusto entre periodista y medio de comunicación que, en muchas ocasiones, termina en divorcio. Crisis, le llaman desde hace unos años. Porque resulta que sus amantes son la precariedad y la inmediatez. Porque el periodismo te pone los cuernos con las redes sociales. No es crisis. Falta de un acuerdo de separación de bienes desde el principio, le llamo yo.

Sigo enamorada, os mentiría si dijera lo contrario. Porque creo en una relación justa entre periodista y medio. Porque de ella saldrá la descendencia que necesitamos: la información contrastada, la conciencia crítica, la auténtica libertad de expresión que no puede ser otra que la sustentada en la libertad de pensamiento. Porque me casé contigo para siempre, Periodismo. Aunque, a veces, me duelas. Porque sin ti no entiendo la vida. Pero, cuidado, mi amor no es un cheque en blanco. Ya no. Ahora no permitiré que maltrates a quien es tu razón de ser amparándote en un medio. Porque dicen que sin ti no hay democracia. Y lo creo. Pero no se te olvide, Periodismo, sin periodistas que te amen no eres nada.

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