Columnismo

Peso pluma

El chisme que enterró a Caperucita

29.10.2016 @PrincesaOnAir 5 minutos

Ser periodista es incompatible con ser cotilla. Es más, me atrevo a decir que son términos antónimos. Así de claro. Niego y reniego del socorrido chascarrillo que pretende justificar la pregunta impertinente que se inmiscuye en el coto privado. Aquello de “soy periodista, ergo soy cotilla” no cuela. Lo siento. Dedícate a otra cosa.

Un cotilla (y aquí tiro de Real Academia) es una “persona amiga de chismes y cuentos”. Y, hasta donde se, un chisme es una información que no informa porque no tiene por qué ser verdadera. Independientemente de lo veraz que parezca. Y si no es verdad, su divulgación ya no tiene interés y, por lo tanto, ya no es noticia. Abstengámonos, Señor de la Rotativa, del rumor. Y si caemos en la tentación, pidamos perdón y recemos cáliz de café en alza. Y no perdamos la Fe de Erratas. Por el ‘Track’, nuestro alivio redentor. Amén.

Que si, que la curiosidad es intrínseca al alma plumilla. Que hacer preguntas es inevitable y repreguntar hasta obtener el dato perseguido es pecado y absolución al mismo tiempo. Porque querer saber es la cualidad más bella del carácter puro de quien pretende empoderar por igual al mundo. Enterarse de todo para compartir con todos, con todas; para elegir con conciencia crítica; para adorar la libertad sin rehuir de su responsabilidad; para amar u odiar sabiendo qué se quiere o qué se detesta. Pero hasta aquí.

Hay cosas que no le debieran importar a nadie. Que no entiendo que le importen a nadie. ¿Qué más te da la vida privada de los demás? Es suya. No tuya. Me da igual si les conoces o no; si les aprecias más o menos. No ha existido ni puede existir nunca ninguna licencia moral, inmoral o amoral que te autorice a meter tus narices más allá de tus asuntos.
Cuando hago una entrevista, lo último que se me ocurre preguntar es si tiene pareja, qué religión profesa o cuánto dinero gana con tal o cual espectáculo o trabajo (salvo que sea público y se lo pague el Estado que, como Hacienda, somos todos y todas -los y las paganinis, claro-).

Pienso que, dentro de ese sagrado recinto de lo estrictamente particular y de lo íntimo, una cosa es lo mundanal y otra lo humano. A mi me gusta saber lo que piensa cualquier ser sobre algo, su explicación a la vida, su filosofía para ser más o menos feliz. Me interesa qué lee o a quién lee. Me interesa qué le gusta escribir, cantar, componer o dibujar. A mi me interesa qué siente. Y si. También me interesan sus actos y gestos. Pero los que dedica a su profesión, a su público, a sus colegas. A sus cohabitantes en el planeta. No los que hace debajo del edredón. No los que firma en un contrato privado. No los que ejecuta una vez cierra la puerta de su casa. Su casa, que abrirá si quiere abrirla.

Evasión es la mejor excusa. La evasión que proporciona regodearse en las miserias ajenas en los medios de comunicación. Que está claro que en algún momento hemos disfrutado o padecido, porque no lideran los índices de audiencia y ventas porque si. Porque inundan la programación. Y porque, ojo, para saber qué se critica, también en algún momento hay que verlo o hay que leerlo. Pero ¡qué pereza! Y, a la vez, qué mérito tiene saberse todo ese elenco de personajes que ya es imposible saber de dónde vienen y adónde van.

Y lo que más me preocupa: ¡cómo se está contagiando la sociedad de la dictadura del polígrafo indiscreto e innecesario! El pudor ya no existe. Se esfumó. Ya te pueden acorralar con una pregunta aberrante en cualquier esquina, en cualquier reunión. Da susto salir a la calle. Desde que atraviesas la puerta, ya tienes un ojo avizor tras una mirilla.
La vida se ha convertido en una constante Caja Mágica sin paredes, en un Hay una carta para ti permanente sin posibilidad de correspondencia. En un Diario de Patricia con miles de Patricias que te acechan. Y no tienes escapatoria. Te increpan hasta que respondes. Y cuando contestas a una, viene otra. Cada cual más impertinente. Y terminan con un “a ver cuándo quedamos para contarnos”. ¿Perdón?, ¡si me acabas de provocar el vómito de mis circunstancias a bocajarro aquí ahora mismo! ¡Yo solo he susurrado un cómo estás! ¿Quedar? Prefiero beber lejía.
La privacidad murió. La enterramos juntos, sin darnos cuenta. Entre quienes cuestionan demasiado adentro y quienes responden demasiado afuera, aunque ardan de indignación. Ay, ¿quién no tuviera una ‘boquita prestá’ para mandar al ‘ínclito’ interrogador de lo personal al origen de su por qué?, ¿es quizá una retórica sobre su crisis interna, sobre su vacío existencial? O, sin más, igual es una sencilla señal de que ya siquiera sabe discriminar lo que le afecta y es realmente importante de lo que no y, por tanto, no lo es.
Al respeto lo llaman el desaparecido, como la canción de Manu Chao. Ese desaparecido “que cuando llega ya se ha ido” con un desdichado comentario. ¿Dónde se quedaría?: ¿en los duelos de honor del XIX?, ¿en el Barrio Sésamo del XX?...¿murió con la desaparición de la programación infantil y su posterior sustitución por chillones debates políticos del XXI? Me he perdido en la historia.

El único cuento aquí es el de Caperucita, que preguntaba y repreguntaba al lobo con delicadeza y, a la vez, cierta irreverencia; a pesar de la certera sospecha de que se hacía pasar por su abuela. Pero ya sabemos lo que ocurrió. El lobo se comió a Caperucita. Y la canasta del dulce de la prudencia se pudrió. Y hoy tenemos infectado de lobos y lobas cotillas a una sociedad enferma por saber lo que no le importa e indiferente a lo que le afecta. Y hasta hay quien llama periodismo a la tarea de proporcionarles el alimento que les envenena. El chisme, chica tarea.

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