Columnismo

Peso pluma

El eneagrama del periodista

25.06.2017 @PrincesaOnAir 5 minutos

Una redacción es como un circo, uno de esos que aún usa animales tanto salvajes como dóciles para sus espectáculos. Desde monos a leones pasando por sabuesos se entremezclan al ritmo de teclados de ordenadores que componen cada día una nueva sinfonía de actualidad, la única que amansa a estas fieras.

Quienes ejercemos el periodismo componemos una fauna de lo más curiosa. Espero que mis colegas no se ofendan. No está en mi ánimo faltar al respeto al oficio que tanto amo y a profesionales que tanto admiro. Solo que, de vez en cuando, creo que es divertido recurrir a la caricatura para analizar nuestro comportamiento y, al final, los seres humanos no dejamos de ser animales. Solo que, a la inversa que en la naturaleza, en el mundillo de nuestra particular especie perro si come perro.

No hay pedigrí, si así podemos llamar al caché, sin una buena cuna. Pero se hallan ejemplos antitéticos con más facilidad que los cisnes negros. Que la constancia, la voluntad y el esfuerzo son valores universales, también en nuestro planeta de simios.

Me encanta analizar cada uno de los perfiles en los que me permito simplificar, dividir y etiquetar -aunque esté mal visto- este universo paralelo que puede llegar a formarse en una rueda de prensa. Es como una especie de ‘habitación de Fermat’ en la que hay que descifrar los enigmas que nos plantea un interlocutor que solo viene a contar lo que le interesa. Y he ahí lo divertido, al menos para mi. Que cada cual desvela en forma de gestos y preguntas su auténtica personalidad periodística que daría para desarrollar todo un eneagrama.

El primero en hablar suele ser el o la profesional de mayor antigüedad, una especie en vías de extinción. No hay más que calcular la edad media de cualquier redacción. Su veteranía le ha convertido en un ser sabelotodo, un verdadero banco de datos y declaraciones que para la radio, el periódico o la televisión constituye su propia wikipedia.

La primera pregunta suele ser suya, pero no es la última. Remata quien repregunta. Y quien repregunta no lo hace solo una vez. Cuando el periodista repreguntador se apodera de la convocatoria, la cita puede llegar a convertirse en un agujero negro donde desaparecen los parámetros espacio y tiempo. Su oído es de tal agudeza que puede llegar a oír matices en siete declaraciones que para ti han sido exactamente idénticas. Brutal.

De la virtud de la máquina repreguntadora se aprovecha el sujeta-micro. No dice nada. No hace nada. No se inmuta. Como mucho asiente a lo que responde la persona interrogada en cuestión. Parece una función menor. Nada más lejos de la realidad. El vaivén de su cabeza, a modo de mascota de coche, es un inmejorable coadyuvante en el plano del lenguaje no verbal. Aporta seguridad a la presa de la fauna periodística, que así se deja rematar.

Claro que no es lo mismo pasar de hacer preguntas que pasar del conjunto de la convocatoria. Para eso ya está la figura del ‘empanao’. Nunca se entera de nada. Siempre hace las mismas preguntas. Y siempre termina cogiendo apuntes del resto de sus compañeros. Su mente es un vergel por descubrir. Quizá, ojo al dato, no sea más que un súper dotado o una súper dotada que aún no hemos detectado en la profesión. Por eso se aburre y no atiende.

A pesar de lo flagrante de la actualidad española, no todos son comparecencias a los pies de los tribunales. De cuando en cuando, cae la presentación de algún cartel de feria. Pero, ni siquiera hace falta esperar a ello, cuando en la reunión está presente el o la guasona de turno. Son capaces de extraer el chiste de cualquier mínimo guiño. Y la verdad, aunque te acuerdes de sus antepasados con sus risitas y sus interrupciones, se agradece que distiendan una realidad que cada vez es más dura.

Con su guasa contrasta el ejemplar nihilista, ese o esa ‘zaratustra’ que te quita las ganas de tu molletito mixto después de la rueda de prensa. Porque “no hay manera de sacar un titular de esto” y va siempre “al límite de tiempo”. Por supuesto, “la profesión está al borde del abismo”. Y no le falta razón, lo que pasa es que, curiosamente, el nihilista suele trabajar en una emisora pública y sus condiciones suelen ser las mejores que las de todos los demás que oyen sus quejas.

Ni siquiera se queda a oírlo (al nihilista, digo) el auténtico purista del periodismo. Lo que viene siendo el ‘apretao’ o la ‘apretá’ de turno. Que nunca se queda en el corrillo post-rueda porque, cuando vas a darle los buenos días, ya está enganchado a los auriculares transcribiendo declaraciones. Si, desde luego. También es el más rápido del oeste. Y del este.

No todos son grandes profesionales, en el sentido más estricto del término. Que siempre hay algún infiltrado. De un lado, está el curioso. El que estudió botánica, matemáticas o derecho. Vete a saber. Pero que siempre quiso ser periodista. Y, claro, viene a darte lecciones y asoma como curioso o curiosa en la cita pública más inesperada. Allí, con su móvil, haciendo fotitos. Y, cómo no, riñiéndonos al resto de sus supuestos colegas. “¿Cómo no le habéis hecho esta pregunta, por favor?”. Es que, vamos, el gremio no está en lo que tiene que estar. Estamos, según este ser, siempre a coger brevas. A ver si algún día, nos enterados de que él o ella, es nuestro Dalai-Lama reencarnado. Hombre, por Dios.

Y permitidme que cierre con el que más me divierte de todos. El que es un curioso venido a más porque, ni siquiera se equivocó al seleccionar otra carrera. Estudió periodismo. Y es una chica Hermida, un becario de Gabilondo o, directamente, puso el agua a David Frost cuando entrevistó a Nixon. Es la genuina deidad del periodismo. Suele tener algún carguito y, como cuando vas a rezar a Alá, tienes que quitarte los zapatos para entrar a su despacho. O, lo que es peor, bajarte directamente los pantalones.

No me diréis compañeros y compañeras, que nuestro pequeño-gran mundo no es divertido. Quién sabe. Igual todos tenemos un poco de cada una de estas personalidades. O mezclamos unas con otras sin tener muy claro cuál es la preponderante. ¡Qué más da! Al fin y al cabo, solo somos un puñado de apasionados, cada uno a su modo, con la realidad y afanados en contarla. Un circo en el que no hay domador capaz de apaciguar nuestras ganas.

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