Columnismo

Peso pluma

El pastel de las voluntades

01.10.2016 @PrincesaOnAir 3 minutos

Vendo moto. Seminueva. La pagamos todos. No funciona. Pero la sinrazón la encontramos día a día aquí: en la publicidad institucional en los medios de comunicación. Si no fuera por ella: ¿cuántos periódicos, revistas, radios y televisiones se mantendrían operativos? Es difícil de calcular. O fácil: la mayoría habría cerrado ya. Porque, para otras cosas la administración pública no tiene dinero; pero para esta, aunque se escatima, se hacen mejores esfuerzos. Sale rentable. Y la rentabilidad se mide en votos. Ya saben.

“¡Están todos comprados!”. No es difícil topar con un sector de la ciudadanía que, más que incrédula, se manifiesta abiertamente escarmentada de la prensa (aunque luego se trague palabra por palabra la pseudo-información que le llega vía ‘whatsapp’). Estas personas aseguran que todo es mentira. Cuando vas micrófono en mano por la calle, te preguntan: “y a tu tele, ¿quién la paga?”.

No, señoras y señores. No. No escupamos juicios destructivos. No sirve de nada. Y, además, es mentira. Hay grandes profesionales, que hacen periodismo y cuyo sello de calidad es su honestidad timbrada con su firma. Y no mienten. Preguntan. Investigan. Logran el apoyo de sus medios. Y publican. Una labor especialmente encomiable tal y como está el patio laboral. Una labor, por supuesto, jamás incompatible con la imprescindible conciencia crítica ciudadana en la que pretendo ahondar.

El pastel publicitario es goloso y hay que repartirlo entre una población mediática creciente, dado el fértil campo precario-virtual. Las empresas privadas -salvo entidades bancarias, multinacionales, algún colectivo fuerte y ciertas grandes facturadoras- no apuestan por la publicidad. Consideran que es un gasto, en lugar de una inversión. Y, en nombre de la crisis, es la primera partida presupuestaria que restringen. Craso error. Si no están, no existen. Menos aún venderán.

El caso es que, ante la nula cultura suscriptora de la población y el escaso conocimiento entre el tejido empresarial de la importancia de la comunicación y la publicidad, el pastel se reparte entre instituciones públicas. Y aquí empieza la fiesta.

El problema es que una institución pública no paga solo por un determinado espacio o tiempo en un medio de comunicación. Paga por su voluntad. Porque claro, es difícil convencer a la población, a estas alturas corruptas de la historia nacional, de que su administración es la que “lava más blanco”. O de que no lo hace, mire usted.

Así que “póngame un tres por cuatro de credibilidad y una cuña de presencia. Y ya de paso, si eso, no se le ocurra dejar de forrar la mente de su audiencia con la foto de mi líder municipal”. ¿O pensaban que Kim Jong-un solo hay uno? Quizá con energía nuclear si. ¿Le ven mucho sentido a la fuerte presencia institucional en los medios más allá de las campañas de sensibilización y promoción turística? Pues eso. Dejen volar su imaginación y abran los ojos. Que la prostitución no solo la encuentran en la sección de anuncios por palabras.

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