Columnismo

Peso pluma

Ensalada latente

21.05.2017 @PrincesaOnAir 4 minutos

Los tenedores de las ensaladas envasadas son muy endebles. Apenas pinchan. Olvídate de que corten. Pero algún guisante termina despachurrado entre los dientes. Y algo comes.

Ayer engullí una. No sabía a nada. Me recordó a la insulsa actualidad y a esa dieta de noticias que nos imponen y que resulta tan poco variada. Pesada. Indigesta, incluso.

Que si Pedro o Susana. Y Patxi, sin vela en el entierro pero con la certeza de que el no será el muerto. Que, igual, son paliativos para el partido.

Cifuentes, a punto de palmarla. Con tiro de gracia incluido. Probablemente por fuego amigo, que suele apuntar mejor porque pilla más cerca. Y sus siglas plagadas de termitas invisibles. ¿Corrupción?, ¿dónde? Todos son bomberos. Ningún pirómano. Es, por lo visto, combustión espontánea la que nos indigna y quema a la ciudadanía.

Banderas hasta en el móvil. Que cada vez que pita el WhatsApp tengo un ‘change.org’ para convertir el Astoria en lo que a él y a sus socios les parezca bien. Bien para Málaga, por supuesto y descontado. Hombre, ¡por Dios y la cabra de la Legión!

Y me pita de camino al supermercado. Y me paro. Freno el carrito en seco y miro el móvil. Leo lo mismo que ya leí ayer. Coma arriba; coma abajo. La lista de la compra logra evadirme mejor. La repaso antes de atravesar el umbral de las ofertas de cosas que no necesito. Lo hago junto al contenedor de basura que hay en la acera de enfrente. Ya tiene delito lo mío. El olor es insoportable. No tardaré en descubrir que la estampa que me aguarda lo es más aún.

No hay lista en sus manos. Ni carrito. Ni siquiera las ofertas se dirigen a su mirada. ¿Un móvil, para qué? No tiene bolsillos donde guardarlo. Ni enchufes para cargarlo. ¡Qué más dan las noticias que trocea Twitter o las que se inventa para rellenar cualquier diario! Ella es la noticia. Es la noticia latente. Una más, a la que nos hemos acostumbrado.

Está ahí, perenne. Junto a la puerta del supermercado. Cierra la puerta a las señoras. Abre la puerta a los señores. Y viceversa. Sonríe. No pide nada. No habla. Solo te mira. Domina tus pupilas sin querer. Te las dirige hacia un vaso de plástico. Vacío, aunque a veces suene a cobre.

Lleva una diadema en el pelo que le aparta los rizos de la cara. Admiro su color tostado, contrasta con su rebeca, que en algún momento debió de ser blanca. Supongo que no le preocupa cómo le quedan los vaqueros. Los tiene. Punto. Y de la ‘operación bikini’, mejor ya que ni hablemos.

“No llevo suelto”. “No tengo nada, niña”. “Llevaba lo justo para pagar, lo siento”. ¿De verdad que nos creemos todas esas mentiras?, ¿son mejor opción que la dejar caer diez míseros céntimos al vasito que sostiene en las manos?, ¿hay opción?

Lo que hay es una cajera que, de vez en cuando, le pregunta si ha comido. Y también la he visto sacar algo del almacén y dárselo. Siempre es la misma. No va de heroína. Es feliz intercambiando con su inquilina involuntaria la misma expresión. El mismo guiño de complicidad. La misma carcajada contenida. Nunca había visto a nadie comerse un bocadillo de choped con tanta pasión. Como si fuera jamón ibérico. Con la de cerdos que sobran y siempre sacrificamos a los mismos.

Me atreví a preguntarle sin voz un día. ¿Por qué?, ¿qué te ha traído justo hasta este punto, hasta este barrio, hasta esta puerta, qué te ha llevado hasta el borde de ese vaso que sostienes…? “Ni yo lo sé”, me contestó. Y me callé. ¡Qué osadía meterme en una vida que podría ser perfectamente la mía!, ¿quién sabe? Puede serlo. Mañana o pasado. El día que más arriba me vea puede que sea solo el punto más alto de la montaña rusa. Y de ahí, solo pueda descender. A toda velocidad y cuesta abajo.

Me sentí estúpida. Indigna de una señora que tiene la valentía de mirar a los ojos y sostenerte la mirada mientras susurras: “no tengo nada”. ¡Qué sabrás! No tienes nada para ella, para la inquisidora de tu moral, que te declara culpable. Y lo sabes. Y hasta lo aceptas. ¡Malas pécoras!

Y la heroicidad que nos entra, de pronto, pierna arriba cuando soltamos dos monedas con condescendencia en cualquier canasta abandonada a su suerte en mitad de la calle. ¡Qué pena damos! Menos mal que el diario no habla de nosotros. Que sigue centrado en Pedro, en Susana, en Patxi, en Cristina, en Mariano. Por cierto, ¿no hay novedades sobre Venezuela?

Es como si el periodismo hubiera cerrado los ojos a la realidad. O, quizá, se hubiera aburrido de ella. ¿Ya no interesan las historias humanas?, ¿los reportajes de color? Es probable que falten tonos en un mundo gris.

Comimos ensalada juntas. De esa de bote. La protagonista de la noticia latente y yo. En la puerta del supermercado. Fue mi absurda forma de ponerme en su lugar. Y, si, da igual lo pequeño o inútil que sea el tenedor. Está asquerosa. Pero sabe a gloria compartirla. Y lo más sano de todo es contarla. A ver si en algún momento nos da por el periodismo proteico sin grasas saturadas. Mientras tanto, come y calla. Pero ensalada. De la mala.

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