Columnismo

Peso pluma

La cabecera no es mi cabeza

19.03.2017 @PrincesaOnAir 3 minutos

La pluma pende de los dedos que la sostienen. Las palabras que dibuja, del papel que las soportan. Y su difusión, de quien la paga.

Entonces, ¿quien paga termina por mover los dedos? No, yo no me atrevería a decir eso. Quien paga intenta forzarlos y, a veces, logra manchar algún texto. Pero los dedos son libres por naturaleza. O pretenden serlo, salvo que su mano esté encadenada. Solo emociones y pensamientos son capaces de desentumecerlos hasta llegar a romper grilletes y tintar el papel. Y las ideas que descargan a unas y a otros no son de nadie.

Cuestión aparte merecen los temas predispuestos sobre la mesa mediática. Yo no elijo de qué hablo cuando trabajo. Hablo de lo que me proponen hablar. Eso no significa que no haga propuestas. Aunque normalmente, hablo de lo que quiere que hable quien paga el papel donde lo expongo y su reparto. Pero cada palabra elegida para referirme a ese mismo tema predeterminado es mía. Y solo mía. Sea opinión o noticia. Porque solo yo soy quien elige escribirla. Y la firma.

Es lo único que, quizá, salva al periodismo -y a la comunicación, en general- de su crisis de credibilidad (especialmente con la actual sobredosis por exceso de inyección informativa que padecemos). Me refiero a la libertad personal del profesional que, al final, es quien le pone cara. Una libertad que el periodista elige ejercer o subastar al mejor postor que la quiere alienar. Con consciencia de que es el único escudo que defiende su propia honestidad. Primer y último mandamiento del código deontológico.

Y la honestidad no es una pancarta ni un partido político. La honestidad es mi compromiso, la única bandera que enarbolo. Es la primera condición de mi contrato con la democracia en el sentido más etimológico de la palabra. ¿Cambiar de medio (o, lo que es lo mismo, de pagador del soporte) resta honestidad a mi mensaje? No. Yo no dejo de ser la misma: los mismos dedos, las mismas ideas que influyen en la emoción descargada en cada palabra escogida. La misma firma. Apenas cambia el papel sobre el que escribo, su cabecera, su sello, sus colores… y, si, también cambia la agenda de temas escogidos. Y cuando compras ese papel, es decir, ese medio, debes saber a quién compras. O al menos, deberías saberlo.

Que un micrófono sea rojo o azul no cambia el color de las ideas de quien lo usa para proyectarlas. Hay causas comunes sin pintar de un tono específico. O, quizá, aparentemente pintadas. ¿Pero, de verdad, lo están? Mi honestidad está por encima de eso. Y yo decido apoyarlas o abandonarlas a su suerte en virtud de mi orden de prioridades. Sin más.

En este país, parece imposible no tener dueño. No pertenecer a algo. No estar marcado como el ganado. Porque si te hiciste una foto con Fulana, eres de su panda. Y si te apoyaste en el atril de Mengano, pues está claro que dormites con él y has amanecido contaminado.

El sectarismo no tiene límites más allá del gremio político. En prensa, no eres lo que escribes. Eres el lugar donde lo escribes. Y da la sensación de que es un camino sin retorno, donde la única salida queda a demasiados kilómetros. Y la auténtica pertenencia permanece ajena a las habladurías. Que no soy, que solo estoy. Y estoy donde me pagan. Y soy lo que siempre he soñado: libre.

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