Columnismo

Peso pluma

La eternidad del "coñudismo"

04.03.2017 @PrincesaOnAir 3 minutos

El cipotudismo caerá más pronto que tarde. Lo sabemos todas. Es ley natural que lo que sube, baja. Y como el éxtasis narrativo dure lo mismo que el fisiológico, pues durará poco. Por supuesto, la culpa, como el propio término, será femenina. Pero hasta aquí el apunte, no vaya a cambiar de género el victimismo.

No pretendo abundar en la guerra de sexos. ¡No! Me agota la expresión misma. No se trata de luchar contra nada ni nadie. Se lucha siempre a favor. Si alguien no se ha enterado, a estas alturas, de qué es el feminismo y sigue huyendo hasta del término: por favor, hágaselo mirar de inmediato. Le avanzo que el diagnóstico es preocupante. El feminismo es la cura de una enfermedad que está avanzada y su consecuencia la estamos viendo a diario: muerte por asesinato. Muérase usted si no lo entiende para que la civilización evolucione, mire lo que le digo. Gracias.

Entre las manifestaciones de la enfermedad esta, que es plaga, Íñigo F. Lomana describió maravillosamente en El Español toda una nueva era prosaica que se ha adueñado del columnismo: la cipotuda. Es curioso… el columnismo. El llamado “género total”. Pero claro, género periodístico.

El cipotudismo, según analiza acertadamente el propio autor del neologismo, es un estilo en boga. Está abanderado por grandes plumas que manchan su virtuosismo con altas dosis de “virilidad”. Es el eufemismo irónicamente empleado para evitar la palabra políticamente incorrecta: machismo. Porque, mire usted, ya pueden abogar porque haya mujeres toreras, que a mi me da igual si después las comparan con botellas. Beba un poco, sí. E inserte aquí un pseudochiste de esos, que no tienen gracia.

No conozco los bares que frecuentan estos magos del verbo que no conjuga la igualdad donde, por ley, la mierda es más frecuente que el humo y, me temo, los palillos de dientes son más abundantes que las navajas que cuentan. Llamadme loca. O feminazi. No importa.

Si una mujer irrumpe en estas boticas del oeste tardío, pues, ya se sabe… la metáfora cipotuda está hecha en forma de mascada ancestral de chicle de ajo y ojos navegantes en babas. Muy machos, sí señor. Agarrárrense al trabuco, señoras mías. ¡Ja, ja, ja! He dicho trabuco. Más risas. Que ellos son más de llevar una Kalashnikov en el talle. Muy normal todo. Beba de nuevo, sí.

El trago ha de ser largo. On the rocks, para que también sea duro. No, no haré aquí el chiste fácil. Líbreme la Alta (¿quién dijo que Dios, de existir, no fuera mujer aunque siempre la pinten con barba?). Pero en este caso sí que entra bien, ¿verdad? La broma, digo. No traguemos. No. Será mejor que no, que no traguemos más. Atrincherémosnos a la educación para no darla por causa perdida. Aunque, ¡cuidado!, que se puede ser muy educado y muy hábil para enhebrar sintagmas. Pero no es incompatible con tener la inteligencia emocional de un protozoo. O el brío humanístico del tronco de un árbol talado. No.

Cierro los ojos y los veo. Ahí, a todos esos líderes de opinión tecleando injusticias y perpetuando creencias tan arcaicas como dañinas. Tan orgullosos de si mismos. De su prosa. De su trabuco. De su copa. De su humo… pues les tengo una mala noticia. Y lo advertí al principio.

El cipotudismo muere. Y nace el "coñudismo". Y a callar, ¡que por algo todo nace por el mismo sitio! Pues las columnas, también. De principio a fin: "coñudas". Se acabó la dictadura de la desigualdad y empieza la revolución. Será por la literatura o no será. Y a zampar por un tubo el todos. Y el todas. ¡A las vanguardias, señoras!: aprovechemos la coyuntura de afonía temporal y rompamos con la estructura de ceguera establecida. Y a quien no quiera ver, se le abren los ojos. Que esto es un golpe contra el estado maldito de las cosas. Se levanten YA, ¡coño!

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