Columnismo

Peso pluma

La presión, para el teclado

12.03.2017 @PrincesaOnAir 3 minutos

La presión se medía en pascales hasta esta semana. Ahora se mide en ‘pregos’. La denuncia pública de presiones ‘podemitas’ a periodistas por parte de la Asociación de la Prensa de Madrid ha puesto en la picota a su presidenta, Victoria Prego.

Que si está al servicio de la casta o que si es el nuevo objetivo morado con orden de derribo. Quizá ambas. O quizá ninguna. No lo sé y ni siquiera me importa saberlo. Lo que me preocupa es que la auténtica noticia, en medio de tanta polémica, es que al fin el gremio tiene quien le defienda. Espero con impaciencia todas y cada una de las futuras denuncias de presiones, acoso, censura, despidos improcedentes e indecentes y explotación laboral que seguro ya tiene preparadas la APM.

“Por favor, carné de prensa”. ¿Cuántas veces, compañeros y compañeras, un policía os ha inquirido con esta frasecita? Y todo para hacer un par de fotografías a la fachada de la casa del rey Fahd en Marbella, en plena calle. Por ejemplo. La cara de imbécil que a mi personalmente se me queda en estos casos es de anuncio de Media Markt… ¿carné?

Claro que existe un carné: el que obtienes al inscribirte en la asociación de la prensa o colegio de periodistas correspondiente. O mejor. En ambos. Porque, por cierto, son organizaciones diferentes (aunque este aspecto varía según el territorio). Y hasta ahora, no es obligatorio tener inscripción en ninguna de ellas para ejercer la profesión. ¡Qué risas! ¡Si ni la licenciatura hace falta para ejercerla!

He aquí el meollo: no hay unión entre plumillas. Ni presencia institucional, mucho menos fuerza. Y sin grupo de presión pues la presión no la ejercemos, la ejercen los demás contra nuestro colectivo. Esta es la ecuación irresoluta que plantea el problema de hacer periodismo con libertad. Una ecuación en la que no hay dios que se atreva a despejar la equis.

Advertencias veladas y desveladas antes de publicar un artículo, llamadas amenazantes tras su publicación, indirectas muy directas en rueda de prensa, comentarios tendenciosos tras formular una pregunta, burofaxes enviados con nocturnidad y alevosía de miradas de las que hielan la sangre. Todo muy normal. Muy aceptado. Nada denunciado. ¿Para qué?, ¿va a servir de algo?

Pues sí que sirve. Fijáos la que se ha liado con la carta de la APM. El gremio ha pasado a ser noticia colándose de lleno en la agenda mediática. ¡Es metaperiodismo! Podría haberlo sido. Pero no, mis ganas. Se ha quedado en mera anécdota, en un argumento más para el enriquecedor ‘pim-pam-pum’ de la archipresente tertulia bipolar del canal o emisora de turno.

Nada sobre las inmensas carencias en las condiciones laborales de la profesión ni sobre la confusión entre educación y servilismo. Ni sobre el eterno debate entre lo personal y lo profesional. Que yo puedo tener simpatías o antipatías con quien quiera, pero eso no significa que a la hora de redactar una información le favorezca o le perjudique. Mi honestidad debe estar muy por encima. Podré opinar lo que quiera pero la información es la información. Y hay hechos, no adjetivos. Y se cuenta, sin más. Luego ya, opinaré lo que me venga en gana opinar.

Soy una utópica. Debe ser eso. Una utópica que piensa que el periodismo no solo es afán de saber y dar a conocer. También es irreverencia. Y aquí la única presión que hay que ejercer y padecer se debe concentrar en el teclado del ordenador. Y que el teléfono suene... ¡qué fácil sería todo con el respaldo necesario de un gremio cohesionado. Porque la fórmula física es sencilla: a más ‘pregos’, más rebeldía.

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