Columnismo

Peso pluma

Miedo

10.11.2018 @PrincesaOnAir 2 minutos

La ventana se cerró un 3 de agosto. Aquí mismo, en el hemisferio norte, donde a esas alturas es verano.

No he vuelto a abrir aquella ventana desde entonces, más de un año después e independientemente de los grados que marcara el termómetro. Y ni calor ni frío.

He sido incapaz de sentir todo este tiempo. O, quizá, he sido incapaz de ser consciente de mis sentimientos. Y lo peor para mí: he sido incapaz de expresarlos. El miedo es omnívoro.

Que no os engañen: no es una emoción cualquiera. El miedo es una taquicardia constante, una incertidumbre que tragas sin pasar de la garganta y que curiosamente llega al estómago entre ardores y sin digestión posible.

Por miedo, no te cagas; vomitas. Llegas a expulsar la seguridad de tu cuerpo a arcadas   lentas de un amor propio que se disuelve en bilis de sufrimiento.

No he podido escribir, no. Absolutamente nada en este tiempo en que he sabido qué es el miedo, qué significa sentirse amenazada y que tu vida y la de quienes más quieres corra peligro. Un peligro real cuyas consecuencias ves, escuchas o lees narradas en noticias terribles que caen desapercibidas en ese hoyo cotidiano de frivolidad social y mediática. Una más. Una menos cada día. ¿Y si ella o yo fuéramos las siguientes?

La violencia machista es un hecho. Es verdad, es real. Se practica y se padece. De hombres machistas a mujeres sin excepción, nieguen o no la existencia del machismo. ¡Qué paradoja! Da igual de qué lugar, nacionalidad o religión sean. Da igual si víctima y verdugo se conocen, si han sido o no pareja.

La violencia machista mata aún cuando la sobrevivas a diario y esos datos no están en ninguna estadística. Y quien ose a negar la mayor, solo me atreveré a decirle que ojalá  nunca sepa qué se siente al cerrar una ventana en pleno verano por miedo para no volver a abrirla jamás.

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