Columnismo

Peso pluma

Para mañana es tarde

07.01.2017 @PrincesaOnAir 4 minutos

Los Reyes Magos murieron el día 7 de enero para la prensa. Pero ya estaban enterrados para los informativos digitales desde el mediodía del día 6. Para entonces, por supuesto, la cabalgata ya era historia reciente cuyo relato aún podías adquirir en los quioscos. Pero incluso por el módico precio que cuesta un periódico -ínfimo para el valor del trabajo que supone coordinarlo, escribirlo, ilustrarlo y distribuirlo-: ¿interesa comprarlo?

Como periodista, siempre sostendré que sí. Aprecio cada una de las palabras bien hiladas de mis colegas. Admiro la composición de cada fotografía. Y reparo en la elección de cada tema, en la construcción y el diseño de cada página. Me gusta comparar las diferentes cabeceras: ver qué ha destacado la una o por qué ha optado la otra. Sin embargo, al final, como una ciudadana más (en el caso de que fuera capaz de desligarme de mi pasión), me quedo con la búsqueda de alguna primicia o monográfico especial y con la firma. Especialmente con la firma. Busco aquella que, de antemano, se que me aportará una interesante opinión sobre la actualidad o que me atrapará con su particular narración de una realidad cuyas versiones ya conozco. Porque las he visto, oído o leído a través de televisión, radio o internet.

Y me planteo: si precisamente esto (noticias propias, coberturas especiales y opinión -sin entrar en la calidad de la prosa o la selección de los temas-) puede romper la barrera de la inmeditez, ¿por qué escasea?, ¿es cuestión de presupuesto o de apuesta? El periódico, el diario local, como producto: ¿por qué no es diferente? Quiero decir, de entrada, ¿por qué suele ser diario?, ¿por qué, prácticamente, puedo leer las mismas noticias con el mismo enfoque aunque quizá con distinto espacio u orden en una cabecera y en la de su competencia?, ¿es, realmente, tan caro hacer algo diferente… o solo es arriesgado?

Me da la sensación de que la información impresa y la digital juegan a liarse sin compromiso. A quererse sin proyecto. A odiarse sin futuro. Sin sentido. La rabieta de la empresa del papel, empeñada en culpar a la de las pantallas de una agonía propia que no deja de anunciar ya suena infantil. Además de hipócrita, después de aliarse a ella y endosarle grapas metafóricas a sus periódicos para vincularlos a una extensión punto ‘es’ o punto ‘com’, donde hoy ceba los titulares que imprimirá mañana. ¿Y pasado, qué?

No. La prensa no puede quedar en mero soporte de publicidad, en trovador de instituciones, en guardián de marcas que aún necesitan tocar para creer. Ha de reconvertirse en mucho más, de querer seguir existiendo mientras llora, porque su industria gimotea y grita que no es rentable. Y al hilo de la rentabilidad. Si no lo fuera: ¿solo el poder la mantiene?, ¿girar la rotativa día tras día es una demostración de fuerza y presencia?, ¿es el diario impreso un noble con título y sin dinero?

Siento que el que se erigiera un día como el cuarto poder no se empodera. Un periódico es un clásico y los clásicos no se tocan. ¿Por qué? Si ya le han bailado el formato. Juguemos con el contenido, sin olvidar su esencia: una ventana que abres al universo para conocer la realidad que no has podido ver con tus ojos y que confías a la visión de quienes se han formado para determinar qué es urgente, qué es importante y cómo presentártelo.

Un contenido que no solo aporte más datos, sino que añada análisis, comparativas, gráficos... que no tiene por qué ser diario, porque ya no necesito abrir una ventana cada día con los múltiples balcones que me ofrece internet. Pero si un contenido más cuidado. Mimado al extremo de que merezca la pena ocupar un cotizado espacio físico en mi estantería o en mi mesa. Porque de esa actualidad latente, de esas decisiones -mayores o menores- que una asociación, administración o empresa adopta y que influyen en nuestras vidas a largo plazo se habla menos. Son faldones -con suerte- que pasan desapercibidos y nadie amplía. Y quizá en ellos radique la diferencia. En ellos y en sus protagonistas. No siempre deberían ser los mismos emisores para los mismos receptores. Al pueblo probablemente le guste hablar más allá de las encuestas.

Son más preguntas que respuestas las que me sugiere esta relación tóxica y de dependencia que se me antoja entre papel y pantalla. Entre mate y brillo. Puede que ahí esté el problema. En ese brillo deslumbrante de la tecnología, que pudo cegar las posibilidades de un mate que no se merece estar a la sombra, condenado a ampararse a la luz que nunca le alumbra y lo mantiene en una curiosa y extraña segunda plana. Cuando la noticia, si es está bien contada, siempre ha sido de primera, aunque llegara más tarde. No solo las primicias son noticia. El papel será de informaciones distintas, mejor contadas, contrastadas, analizadas y ajenas a agendas prefabricadas. O no será.

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