Columnismo

Peso pluma

¡Periodista!, no quiero ser mamá

22.10.2016 @PrincesaOnAir 5 minutos

Ya llora bastante el Periodismo. No. No quiero ser mamá. Es demasiada responsabilidad. Demasiado tiempo. Demasiada vida para alguien más cuando siquiera la tengo para mi. Teclear y amamantar. Vaya binomio.

Lo dices y te llaman egoísta. Porque resulta que “el fin único y último de la mujer es parir”. Carta a los ‘cuñaos’, 66:6. Palabra de Contradiós. Por favor, absténganse el profesorado altruista de biología barata de reprochar. Mi organismo ya me recuerda cada 28 días a qué huelen las nubes. Déjenme decidir.

No hace falta que me recuerdan (que tengan -ellos y ellas- esa desfachatez) que mi arroz no es Brillante y se pasa. Es curioso, porque la inmensa mayoría de los espermatozoides son estadísticamente vagos a todo lo largo de su esperanza de vida reproductiva. Y a nadie se le ocurre decir aquello de que igual cuecen pero no enriquecen. O ni cuecen ya. Pero nada. El mito Papuchi sigue vigente pese a sus lagunas. Y pariré hasta aquí estas líneas feministas porque dan para nacimientos múltiples y ya habrá quien intente abortarlos.

A lo que iba. Que no hay temor ni mucho menos rechazo a la maternidad por mi parte. Hay contrariedad. Y todo por una palabra que gira y gira en mi mente: conciliación. ¿Existe?, ¿es un mito o una realidad?, ¿es una de esas verdades a medias?, ¿son los padres? (nunca mejor dicho).

Si existe, yo no la veo. Y no la veo en la vida que observo en mis compañeras de profesión (por cierto, mi admiración desde estas líneas). No hace falta ser una ‘gran hermana’ para deducir que viven en una interjección permanente: ¡ay! “Ay, que no llego”. “Ay, que no puedo”. Y el “ay que” no es más que un síntoma de que “hay -con hache- que”.

Hay que revisar, de verdad y de una vez, el marco laboral en el que nos desenvolvemos y sus condiciones. Hay que flexibilizarlo. Hay que estudiar sus exigencias y ajustarlas a la realidad. La profesión y su desempeño forman parte de la vida pero no deberían ser sinónimo de ella. Y lograrlo es una meta colectiva pero también una tarea individual. Me temo que no basta con el creciente e insuficiente amparo legal. Hay que ir más allá. Es una cuestión de mentalidad.

Suena a exigencia sindical. Sin embargo, considero que el debate es mucho más profundo y trasciende de lo político a lo filosófico. Es humanismo. ¿Qué sentido tiene contar en la actualidad con la tecnología más puntera con la que jamás se ha contado para desarrollar nuestra profesión si, en la práctica, no sirve para aliviar la carga ni para mejorar los resultados? No lo entiendo. ¿Es bastante con que solo permita aligerar costes para hacer más -aunque sea más de lo mismo- con menos personas? Sigo sin entenderlo.

Vivir bien es trabajar mejor. Y tanto las empresas como las plantillas que han podido comprobarlo, lo saben. Es absurdo pretender separar la vida personal de la profesional. Porque cada quien no es más que un humano. Qué sentido tiene desdoblar un ser en pro de la mal entendida productividad. No somos computadoras con dos sistemas operativos distintos y arranque dual a las que programar para la consecución de la mal llamada sinergia que se traduce en explotación.

Quizá no es que no quiera, es que he asumido que no podré ser mamá nunca, aunque en algún momento pudiera embaucarme el instinto maternal, ese que dicen que te llega de un minuto a otro y que te cambia la vida. A ver. Ya os contaré en unos años.

Mientras tanto, de mi cabeza no sale la idea de que la inestabilidad es una constante; de que la extra-limitación de funciones es compartida en las diferentes tareas que conlleva comunicar lo que ocurre en el seno de una institución, de una corporación o de tu ciudad. De que trabajar y reventar es todo una. Y con la tontería de la crisis se nos ha ido de las manos la exigencia que viene de dentro y la que permitimos desde fuera. Es la excusa perfecta para no levantar cabeza. Y no pensar.

Siempre habrá quien diga aquello de “eso no se piensa, tienes a tu bebé y te organizas la vida porque si no no pariría ninguna mujer”. Claro. Qué bien. Si ya lo sé yo. Ya sé que hace tiempo asumimos aquello de aceptar pulpo como animal de compañía. Si donde caben dos terminan entrando diez. Y de un trabajo salen dos. Y echar una hora de más no pasa nada. Y acaban siendo doce. Y, y, y... y venga cargar la mula aunque tenga las patas rotas. Todo para malvivir rodeadas de ‘iPods’, ‘iPads’, ‘Thermomixes’, con un collar de lactancia que te permite llevar colgado el bolígrafo y un porta-bebés de tela que porta papeles también. Y seguimos para bingo.

La vida de la mamá plumilla. La imposición de la mujer perfecta en definitiva, que puede ser madre, tener el vientre plano a los tres días de parir, cocinar delicatessen, pintarse los labios de rojo y cambiar al bebé con una mano mientras hace entrevistas con la otra. Y digo yo: ¿dónde está el tope? Es antes o después de sufrir un ictus.

Hoy por hoy, periodistas mías, no quiero ser mamá. Ni se me ocurre animar a que ninguna lo sea. Porque hasta a veces los artículos me salen por cesárea. Y no estoy para dilatar demasiado. Y hasta aquí me he dilatado ya bastante. Que me perdone la demografía y el fondo de pensiones por no ampliar con nuevos vástagos la cola del desempleo; pero voy a dejar a mis óvulos reposar a cambio de la carga que ya soportan mis ovarios. Y que a Castilla la repoblen con árboles, oiga.

Etiquetas, , ,
Artículo anterior Artículo siguiente