Columnismo

Peso pluma

Periodistas, personaje colectivo en el cine

18.06.2017 @PrincesaOnAir 4 minutos

Grandes escalinatas. ¿Juzgado o parlamento? Da igual: escalinatas. De entre las columnas -siempre suele haber columnas, todo de mármol por supuesto- surgen un par de figuras siniestras. A lo sumo, tres. Vale, quizá no siniestras. Pero con mala cara. Figuras compungidas. Está claro, han declarado ante un tribunal o comisión de investigación y el pronóstico para el veredicto pinta negro. Silencio dramático. Suspense musical.

Y no falla, nunca falla. No les da tiempo a bajar tres peldaños de la abrumadora escalinata en plano contrapicado, cuando se empiezan a oír flashes. En oposición al relámpago, primero el sonido y luego la imagen. El trío siniestro no tarda en ser embestido por un rebaño de periodistas que abalanza sobre ellos como una nube de abejas. El sonido de los flashes se alterna con el de preguntas atropelladas, nerviosas y hasta tontas.

Cada vez que veo una serie o película, esta es la imagen que me encuentro del periodista. Da igual la nacionalidad de la productora, la historia o lo bueno que sea en líneas generales el filme. Y, por supuesto, siempre que no sea una película que tenga como trama central una investigación periodística, en ellas si, ¡ahí si somos dioses! En la mayoría, constituimos un gremio torpe en sus movimientos; desesperado, en su necesidad de extraer información a toda costa; incómodo, pero no por su irreverencia y manejo de la información; carente de la más mínima coordinación a la hora de actuar y de dudosa utilidad. Porque nunca contestan nada que sirva para nada. Siempre respuestas absurdas.

El retrato del periodista en la pantalla grande es penoso. Paradoja que el cine sea uno de los medios de comunicación más potentes por su capacidad para atraer la atención del público y convertir, vía audiovisual, en comprensibles los mensajes quizás más difíciles de entender vía textual. Y, suelo preguntarme: ¿por qué?, ¿hasta qué punto somos responsables de la imagen que proyectamos?, ¿qué tiene de acertado y qué de erróneo?

No sé vosotros y vosotras, colegas, pero yo no me siento del todo identificada con un retrato simplista y, me atrevería a decir, ofensivo. ¡Calma! No me voy a rasgar las vestiduras, que últimamente se ha propagado la plaga de la piel atópica y andamos cada dos por tres con dermatitis claramente en sarpullidos visibles en Facebook o Twitter. Solo pretendo reflexionar a partir de mi observación. Deduzco que una idea de la profesión tan pobre como triste en el cine no es más que una representación de una opinión generalizada, de una imagen extendida.

¿Qué hemos hecho mal o qué grado de responsabilidad tenemos en que la sociedad no haya captado la importancia de una profesión fundamental para sus vidas ciudadanas, esencial para la democracia que ordena su convivencia? ¿En qué pudimos equivocarnos para convertir todo un gremio en una mera parodia cinematográfica, en un conjunto de ‘frames’ obligados, cómicos y, a la par, trágico?, ¿hasta qué punto murió la credibilidad del periodista, una vez enterrada la honestidad?, ¿en qué parte nos perdimos?

No sé si fue el todo o el medio. Nunca mejor dicho, el medio. Tampoco sabría delimitar hasta qué punto somos el todo de un medio o una parte, cada vez más pequeña. Me temo que somos una ínfima parte de un medio que una vez fue un todo y que, ahora, apenas vende productos y servicios. Que, apenas, ahora, es un mero soporte publicitario al que hay que rellenar con contenidos. ¿Qué más da lo que preguntes?, ¿qué más da lo que contestes? Todas las preguntas han quedado resumidas en una: ¿ha pagado, es cliente?

Claro que hay que hacer rentables las empresas que sostienen una profesión liberal y claro que es difícil lograrlo. Especialmente, en un país que no entiende que las noticias independientes son el oxígeno de la libertad que respira. Pero, por favor, no olvidemos el fin último, que no es vender. Que es dar las herramientas para su evolución a toda una sociedad. Y, para eso, no hay que convertirse en una oenegé. Hay que ser capaz de hacer cercanos y fáciles los contenidos. Atrayentes, interesantes, entretenidos. Conectar con el público en su propio lenguaje pero sin sus incorrecciones lingüísticas. Mejorando todo aquello que sea susceptible de ser mejorable. ¿Es realmente tan difícil ser originales?

Francamente, no creo en piedras filosofales. Si creo firmemente en buenas intenciones. Y, actualmente, lamento verlas escasear en las manos nunca inocentes de quienes pagan. Y la voluntad parece rota, quizá ante el desconcierto y la decepción, en las manos de nuestros apicultores. Si, esos directores y directoras de televisiones, radios, diarios digitales, revistas y periódicos. Esos guardianes de las abejas que merodean panales que, cada vez más, son más moscas y acuden más a la mierda.

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