Columnismo

Peso pluma

Persona y periodista

05.11.2017 @PrincesaOnAir 3 minutos

Olía a arenque y aún no había sonado mi alarma. No se por qué tenía programado el despertador del móvil para que timbrara a las nueve de la mañana. Era absurdo. Para entonces ya llevábamos al menos una hora desveladas. Un termómetro muy frío y un pinchazo en el dedo se habían encargado de destrozar nuestros sueños antes de las ocho. Desde hacía días, semanas. Seguro meses.

Recuerdo que no era un día especial. Era una jornada más de esas que nos tocaba compartir en el hospital. Siempre juntas; unas veces más agotadas de la rutina que impone una clínica y otras, menos. Ya nos encargábamos de ponerle compás a la monotonía.

Disfrutábamos de su desayuno favorito, junto con el chocolate con churros. Y a mi me gustaba casi todo lo que a ella. Casi no, todo. Aún me gusta, aunque hace años que ya no lo tomo. Seis, para ser exacta. Los mismos que ella.

Aquella mañana, compartíamos además risas entre bostezos mientras mojábamos pan en ese aceite tan apestoso como suculento que dejan los arenques. Terminábamos nuestro banquete con cortaditos de cabello de ángel y azúcar glas que esparcían pruebas de nuestra glotonería sobre el colchón azul de nuestra cama articulada

Hipertensa y diábetica. Pescado salado y dulces. Con dos ovarios y una sentencia: la de muerte. ¿Qué coño nos iban a importar los arenques?, ¿alguna objeción a los cortaditos? ¡Bah, tonterías! Ni siquiera nuestro médico nos decía nada cuando nos pillaba metidas hasta las pestañas en la fiambrera que nos proporcionaba mi padre o alguno de mis tíos.

Ella ya lo intuía. Diría que lo sabía, aunque toda la familia -incluida yo- se lo había ocultado. Yo tenía todas las pruebas metidas en un sobre y ya me lo habían confirmado. Mi madre se moría. Era cuestión de tiempo y de alguna complicación inesperada. Quizá un mes, quizá dos...

Con sus manos todavía pringadas y las mías entrelazadas, en pleno frote a base de toallitas húmedas para limpiárselas, clavó su mirada en mis ojos y me dijo algo que no olvidaré jamás: “¿yo no haré huesos viejos, verdad?”.

“Mamá, está claro que ya no te curarás. Esto es crónico. Pero, nunca se sabe, ¿no?”. Realmente no le mentía. Nunca lo hice. Estaba plenamente convencida de que, por enferma que estuviera, jamás se me iría. Era injusto, era imposible.

“Bueno, yo creo que no. Que no haré huesos viejos”, me confirmó con las pupilas vidriosas y los dedos hinchados. Puta morfina, que te fríe a úlceras la córnea y te infla el cuerpo como un globo.

Fue en ese justo momento, cuando me di cuenta de que yo era tan persona como periodista. No podía separar una cosa de la otra. Como tampoco podía dejar de ser hija ni de viajar en el tiempo para ser una, su niña: curiosa e irreverente al límite de lo impertinente.

Era una pregunta inoportuna, la más dura que he formulado jamás. Pero también la que me dió la respuesta más hermosa que podré recibir nunca.

-“¿Te da miedo morir, mamá?”.
-“No, hija mía. Me da miedo dejar de verte”.

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