Columnismo

Peso pluma

Pluma y fama

17.12.2016 @PrincesaOnAir 3 minutos

Me despierto. Levanto la cabeza y, mientras termino de abrir un ojo para desperezar el otro, invoco a Sara Montiel y me pregunto: ¿qué invento es éste?

Si. El invento del éxito como meta irrenunciable. No lo entiendo. ¿Qué es triunfar? Quienes se supone que lo han alcanzado dicen que es la dicha de poder dedicarse a lo que les gusta. Así de sencillo y bucólico. Claro. Debe ser eso: ser feliz trabajando en tu afición. Para ello, primero hay que ser capaz de convertir una afición en una forma de hacer dinero.

Ya tenemos ingredientes para comenzar a elaborar el elixir del éxito: felicidad, amor, dedicación...¿y cómo se despeja la ecuación?, ¿a mayores ingresos, mayores satisfacciones y mayor éxito?, ¿o quizá a mayores retos profesionales y logros al afrontarlos, mayor felicidad y por tanto mayor éxito? Pues parece que no.

A mayor popularidad, más éxito. Y punto. Da igual lo que ganes y lo eficiente que seas a la hora de afrontar un reto profesional. Por supuesto, da igual lo feliz que seas. Así funciona en nuestro tejido mediático de araña.

El sueño americano es lo que tiene. Ha impregnado por completo la meta de la joven plumilla. Ya es todo como Hollywood quiere que sea. Las redes sociales obran el resto. Y de poco sirve que escribas crónicas magníficas o comuniques por radio o televisión con la facilidad con la que María Callas canta un aria. A ti te falta pecho si tus pestañas no se mecen entre las copas de una quedada ‘VIP’. Por cierto, cuidado con el concepto ‘Very Important Person’, que en Marbella he visto bajo la categoría de ‘celebrities’ a personas que no dejarían entrar ni el Alsina Graells para exiliarlos del pueblo. Por groseras, más que nada. Todo muy loco. Y confuso.

Por supuesto que se puede ser guapo y listo. O fea y tonta. Obviamente la profesionalidad no es inversamente proporcional a la popularidad. Ni al contrario. Pero la popularidad se ha convertido en un factor absolutamente necesario para alcanzar eso que creemos o nos han hecho creer que es el éxito.

Tiene sentido que trabajar en los medios tenga la fama como peaje. Fama, entre comillas obviamente. Al fin y al cabo, el afán del periodista es comunicar y llegar con sus noticias al mayor número de personas posibles. Lo que nunca había imaginado, por aquellos años frescos en los que estudiaba Comunicación, es que la celebridad fuera fin y medio. La carretera que hay que atravesar y no el peaje. No sé. No tiene sentido. Primero habrás de demostrar lo que vales y luego obtener el reconocimiento merecido. Digo yo.

El invento del éxito en los medios no funciona exactamente así, al amparo de los hechos probados. O, al menos, no siempre funciona así: con sentido. Y ya ni siquiera me atrevo a cuestionar lo que mi padre me dijo: “hija, más vale caer en gracia que ser gracioso”.  Será verdad.

Cambiemos los planes de estudio de Periodismo. Para empezar, habría que introducir una materia nueva: ‘postureo’. Sin olvidarnos de trepar por el árbol de las relaciones célebres hasta alcanzar algún premio. Y ya caerá la breva. A veces tarda más. A veces, menos. Pero quizá lo importante sea tener claro que se puede ser una buena periodista sin ser una periodista exitosa. O que a lo mejor el esfuerzo diario en hacer un buen trabajo constituye un triunfo en si mismo. Aunque ganes poco y cuestiones tu felicidad al final de la jornada. Después de todo, y por más que encandilen los neones, Hollywood no es ciudad para periodistas.

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