Columnismo

Peso pluma

Plumilla, la justiciera por amor

10.12.2016 @PrincesaOnAir 4 minutos

Fue una madrugada de julio de hace más de diez años. Once, quizá. El marismo hacía confundir la humedad con frialdad y, mientras el limpiaparabrisas borraba el rocío, yo metía quinta y aceleraba para salir de Guadalmar. No importa por qué estaba allí. Ahora no.

Recuerdo que volvía a casa. Tenía sueño y evitaba cabecear mientras seguía la recta de los quita-miedos. Hasta que una sirena casi perfora mis adormilados tímpanos. Era una ambulancia a toda velocidad. Me rebasó y, no me dio tiempo a recuperarme del sobresalto, cuando nuevos sonidos de emergencias atravesaron las latas de mi Clio. Reconocí a otra ambulancia más y a un vehículo de la Policía Nacional.

Me desperté de golpe y salté sobre mi propio asiento. Me agarré al volante y aceleré. Ya no quería volver a casa. Quería seguirles. Quería saber qué había pasado. Quería contarlo. Quería ser la primera en hacerlo. No. No es locura aunque la raye. Es amor. Del incondicional.

Los seguí. Por supuesto. Y se me olvidaron el cansancio y el sueño. Y mi utilitario mutó a bólido. Y el frío hirvió en adrenalina. Y la autovía era una página en blanco donde yo iba persiguiendo un titular mientras redactaba una entradilla. La noticia, en aquel momento, solo eran mis ganas.

El camino de las ambulancias se bifurcó. Una desvió hacia una barriada y la custodiada por la Policía llegó hasta un céntrico bar, donde una discusión se fue de la boca a las manos. Afortunadamente sin males mayores.

Ni muertos ni heridos. Nada más allá de una guardia rutinaria. Reconozco que me enfadé conmigo misma. Por tonta. Por perder el tiempo en una carrera hacia a ninguna parte y montarme una película de la nada. ¿Ahora qué? Menos dos horas de sueño para volver al periódico, con más ojeras que ganas. Pero me equivoqué. Volví solo con más ojeras. Nunca con menos ganas.

Las ganas crecieron a la medida de mi ilusión. Trabajaba cualquier tema como si fuera a optar a un Pulizter. Yendo más allá del mensaje interesado, compilando datos y perspectivas. Podía pasarme horas para escribir un breve. Horas y más horas, buscando noticias por las calles de mi ciudad para después encerrarme a darles forma en la redacción de un periódico -la primera que pisé en mi vida- y acompañada por un equipo de colegas que se convirtió en mi familia.

Fui becaria de Málaga Hoy y me siento orgullosa de este maravilloso comienzo en la profesión que amo. Qué grandes momentos con mis colegas de beca, con los grandes profesionales de este diario, todos y todas, estén ahora sus firmas dentro o fuera de la mancheta. No me pararé para hablar del estado de la profesión en este punto. Siempre toca, pero dejadme que hoy me recree en la pasión que nos une, que también a veces nos separa pero que siempre nos guía. Hay muchos caminos, alguno más seguro que otro, pero ninguno fácil.

Porque es humano agotarse en días que son de más de 24 horas. Es normal despistarse cuando quieres abarcar tanto y además hacerlo tan bien. Luchar agota. Pensar mientras lo haces, más aún. Y vivir detrás de las bambalinas de la realidad mientras ves quiénes y cómo mueven sus hilos -o quienes parece que lo hacen- es, a ratos, asfixiante. Otras, vomitivo.

Solo el amor lo compensa. Un amor exacerbado, abrupto, insano. Un sentimiento que va más allá del erotismo. Que se mece en lo pornográfico. Que a veces traspasa el sadismo. Que tiene mucho de culto al ego pero también de vocación de servicio. Estás por ti. Estás por los demás.

Todo, por y para el periodismo podría ser el lema del plumilla justiciero. Un justiciero o justiciera que se diferencia del absolutista en la coletilla: con el pueblo. Todo, por y para el periodismo pero con el pueblo. No perdamos de vista que sin información es imposible conocer las opciones para tomar una decisión. Y sólo somos libres si decidimos y aceptamos las consecuencias. No es chica la responsabilidad del periodista. No es menos su función social. Y todo, por amor.

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