Columnismo

Peso pluma

Qué no hacer para escribir un artículo

11.02.2017 @PrincesaOnAir 3 minutos

Una hoja en blanco. Y el silencio, esa bruma callada que quieres matar a teclazos. No puedes. No hay hechos, no hay historias. Ni cronología ni testimonios. Pero la sangre canta y las neuronas le hacen el coro. Porque… cuando se amontonan emociones y pensamientos sin saliva: ¿cómo se escribe lo que no se ve?, ¿cómo se gesticula con tinta?

No lo sé. Las técnicas narrativas son algoritmos inexactos, ecuaciones en las que el primer interrogante es dónde está la equis. En estos casos, recurro a la entrevista, ese género a medio camino entre el periodismo y el psicoanálisis que saca de tantas dudas como genera nuevas. Y, para cuadrar círculos, yo me la hago a mi misma. ¿Qué mejor? Suena pedante. Lo sé. Es un privilegio que pueden permitirse grandes figuras, aunque ojo al matiz: la mía no es más que un diálogo interior y ninguna emisora la retransmite. Afortunadamente.

Hoy, si. Hoy, transcribo. Podría decirse que esto es una exclusiva. Entiéndase más bien como un decálogo sin diez sobre qué no hay qué hacer para escribir un artículo… porque ya lo hago yo. Para empezar, priorizo (maldito mandamiento).

— ¿En qué estoy pensando?, me chiva Facebook.
— En Periodismo siempre, contesto. Especialmente cuando quiero escribir para El Reverso.
— ¿Y qué me preocupa hoy que no me preocupaba ayer?
— Ayer y hoy, probablemente mañana: llegar a fin de mes, como a todo el universo plumilla. Ah, no. Bórralo. Ya escribí sobre esto. Volvamos al romanticismo esproncediano, que es el mes del amor.
— ¿Me preocupa el futuro de la profesión?
— Más bien el presente. Del pasado, ya se ocupa quien no se preocupa. Y lo prorroga. Pero con iPhone y arrobas. Sin sacudirse la caspa. El caso es ese, que escribimos El Caso.
— ¿Algún aspecto en particular?
— Todos, así, en general. Los que evolucionan y los que involucionan. Y tanta gente hablando sin decir nada. Aplaudamos, sin más.
— ¿Un artículo de referencia?
— Las. Femenino y plural.
— ¿Una revista que me apetezca leer hoy?
— El Vogue, para ver fotos con la mente en modo ‘salvapantallas’ mientras juzgo el machismo imperante. No quiero saber nada de Vistalegre. Ni de la Caja Mágica. Más machismo. La gürtel aprieta más que el cinturón español de toda la vida. Ergo, nada actual en mi escrito.
— Una conclusión.
— No concluyo. Diluyo, luego intuyo que hoy apenas puedo compartir preguntas. Ninguna respuesta. Perdón. Con arrepetimiento, sin propósito de enmienda.

¿Y de dónde saco hoy una idea en claro con estos borbotones de pensamientos desordenadamente coherentes? Díganme ustedes. ¿Qué colega podría ilustrarme? “Ay”, me diría uno que yo se. ¿Hay riendas para una mente suelta?

Podría inventarme un motivo y estructurar un texto a partir de una pregunta o desarrollar una reflexión. Pero prefiero reflejar el caos mental que a veces destapa un simple papel en blanco acompañado de una intención. Porque existe. El caos existe. Y solo se habla de musas. Y de la inspiración que viene o que no llega. O de la técnica, como receta sin ingredientes.

La escritura automática podría servir de salida. A los atolladeros mentales, a los conflictos narrativos. También la entrada a ninguna parte, que el mundo interior si que es inescrutable. Quizá la columna -a ratos periodística, a ratos pseudo-periodística- sea eso, un elemento arquitectónico. Una estructura que se levanta sobre un montón de pensamientos y sentimientos farragosos para construir un edificio que aspira a ser templo de opinión y que, en ocasiones, se queda en casa de apero. Asumámoslo. No somos genios. Somos personas, incluso antes que periodistas.

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