Columnismo

Peso pluma

Silencio, el idioma sin patria

02.04.2017 @PrincesaOnAir 3 minutos

El silencio es el lenguaje que no se practica. Es una lengua agonizante. Casi muerta, más bien matada. Quizá asesinada, por la saña con la que se la apuñala a gritos cada día. Probablemente, condenada a la incomprensión de una sociedad muy comunicada, poco comunicativa y nada comunicante. Y seguro rota, en la cárcel del ostracismo fundada por la dictadura del decibelio.

De pronto, nos hemos olvidado de que callar es otra forma de hablar. Que no decir, al igual que no elegir, también es decir. También es elegir. Es libertad.

Soy libre de lo que digo. Responsable de ello por tanto. Lo mismo ocurre con lo que callo. Con una gran diferencia. Ni siquiera mis pulmones ejercieron de altavoces de mis pensamientos. Solo yo se lo que callo. En mi conciencia queda. No mancho a ninguna otra. Con mi pan me lo como y con mi vino me lo trago. ¿Es individualismo salvaje o simplemente solidaridad para con mis cohabitantes planetarios?

Creo que no existe ningún artículo, dentro del código de los derechos humanos que supuestamente aceptamos -aunque no siempre cumplamos y cuyo cumplimiento menos aún reclamemos-, que obligue a un ser humano a oír las sandeces de otro. O las genialidades. Da igual. ¿Alguien le ha pedido opinión a alguien?

Será que me he vuelto sensible -diría que alérgica- a las disertaciones categóricas de autobús. A las retahílas de problemas de sala de espera en cada consulta médica. A las cadenas de insultos en cualquier rotonda. A los piropos innecesarios que caen de los andamios. A esos mítines políticos de barra de bar. A toda manifestación absurda. Incluso a las pertinentes.

Me da modorra el soniquete de la indignación que se queja pero que no denuncia. Tengo morriña del atardecer sin palabras. Del gesto sin música. Del sueño mudo. De la caricia sin subtítulos. De la fotografía sin pie.

No. Es mentira. Quien calla no otorga ni tiene por qué aceptar lo que oye a pesar de que no quiera escucharlo. A veces, sencillamente evita una conversación que no ha pedido. Una discusión forzada sobre un tema que no le importa y frente a talibanes de la razón auto-investida y cansinos de la palabra contradicha. ¡Si ya crees que tu opinión es la válida!...¿vas a escuchar, de verdad, alguna otra?, ¿hay disposición de derribar algún dogma?…

Escuchar es el diccionario que cada vez menos personas tocan antes de usar la boca como traductor de pensamientos. La comprensión es la gran ausente. La lingüística y la no lingüística. La oral y la escrita. Pero nadie se sonroja por opinar sin saber. Menos menos por opinar sin escuchar. El caso es opinar, no por el hecho de aportar, sino solo por hacer ruido.

Como si el silencio se asociara a la represión. Y el ruido, a la libertad. ¡Pero votamos en silencio en esta democracia chillada! Y nos joden a voces aunque, entre tanto murmullo, no se oiga nada.

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