Columnismo

Peso pluma

Silencio, se veta

14.01.2017 @PrincesaOnAir 4 minutos

Su dedo inquisidor y sus cejas. Esas cejas. No puedo quitármelo de la cabeza. “¡Silencio, silencio!”, exigía. Y calló a toda una sala repleta de periodistas. Todo porque una voz le contrariaba. La voz de un colega de la emisora CNN, cuyo único ataque era preguntar. Con lo sencilla que es la defensa: contestar.

El vídeo es viral. Y no hace falta mencionar a sus protagonistas. En especial, a su protagonista audiovisual. No quiero hacerlo, además. Demasiado se habla ya de sus espantos, que no curan pero insensibilizan. Y, a renglón seguido, asalta mi mente la imprescindible Susan Sontag y sus reflexiones sobre el encuadre del objetivo fotográfico ante el dolor de los demás. ¿Cuántos seres hipersensibles quedamos? Ante la violencia de las palabras, la desfachatez de los gestos, la corrupción del alma... ante el despostismo sin ilustración ni lustre, ante el abuso descarado.

La actitud de este ciudadano estadounidense que, nada tiene de político y menos de correcto, me escandaliza pero no me extraña. Y eso me preocupa. Como periodista, he asistido a ruedas de prensa sin interrogantes. Lo que supone un sinsentido en sus propios términos. Un atropello a la propia expresión que la Real Academia define como “reunión de periodistas en torno a una figura pública para escuchar sus declaraciones y dirigirle preguntas”. Y peor aún. He asistido a ruedas de prensa que perfectamente podría calificar no solo de tensas, sino de violentas.

Es cierto que, en España, tratar este asunto de las ‘no ruedas de prensa’ lleva consigo una imagen mental reciente: la de una pantalla de plasma adosada a un sentimiento de vergüenza ajena impropio de una sociedad civilizada. Sin embargo, la triste moda no es asignable a una formación política. Me han negado preguntas y he visto cómo se las negaban a mis compañeros y compañeras tanto ministros como consejeras, pasando por alcaldesas y concejales. No hablemos ya de representantes públicos de fuerzas y cuerpos de seguridad o de instituciones académicas, que nunca saben y menos contestan. Por citar algún que otro glorioso ejemplo de nuestro sistema.

Aún no comprendo qué es exactamente lo que no tenemos claro en este país, en este mundo de democracias representativas. Si no es tan difícil. De verdad. Preguntar es el deber del periodista. Responder es el deber de sus representantes públicos que, con sus explicaciones, atienden a quienes representan. Y si algo tan simple y fundamental como esta reducción que me permito hacer sobre los principios básicos del funcionamiento democrático se va a paseo -permítanme la expresión-… se va todo el invento detrás.

Claro que hay formas y formas. Maneras de preguntar y de responder. Por supuesto. Y es imprescindible y absolutamente necesaria la educación para la convivencia. Más allá de ella, podemos errar, porque somos profesionales pero también seres humanos. Pero no eliminemos la posibilidad -sustitúyase esta última palabra por obligación- de cuestionar ni la de explicar. Sin confundir educación con reverencia.

El dueño del dedo apuntador con el que abría mi reflexión hace gala de ser “políticamente incorrecto”. Y hasta podría ser positivo eso de saltarse el protocolo, en el caso de que no se tratara de sobrepasarlo e instalarse en lo apolíticamente intolerable. En la constante ofensa a la libertad y a la inteligencia.

El buen periodista, bajo mi honesta percepción, debe gozar de ese punto irreverente que le hace capaz de preguntar lo incómodo pero forzoso, lo inoportuno pero conveniente por concernir a todo un pueblo que no paga para callar, que participa para saber, para opinar y para decidir.

La habilidad política consiste en afrontar ese reto que va en el sueldo: el de dar explicaciones, el de rendir cuentas de lo que se hace o no se hace. El de decir la verdad de la mejor forma que pueda explicarse, dentro de las normas establecidas en este juego de intereses, en esta partida de partidos.

Callar no es una opción. Lo siento. Mandar a callar rompe la baraja de este póquer que ha de ganar quien apuesta porque vota, porque arriesga. Político y periodista son meros instrumentos. Más servir y menos aires por ambos lados, que nadie es protagonista de un proyecto colectivo, en el que cada parte del equipo, por importante que sea su función, lo que tiene es que cumplirla adecuadamente. Y punto.

Periodistas, no cesemos en el empeño de preguntar. No callemos ante la inquisición del silencio. No dejemos de cuestionarlo todo. Que no haya medio ni gobierno, títere de un censor, que pueda frenar el impulso que nos une para resolver interrogantes. Porque una sola voz poderosa y discordante quizá pueda callar a otra que perciba díscola, pero no a la de todo un gremio que se formó para serlo.

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