Columnismo

Peso pluma

Sin hola hay adiós...

21.01.2017 @PrincesaOnAir 3 minutos

Atravesé el umbral. Miró y miré. Y nos vimos. Es incuestionable que nos reconocimos. Pero cada cual continuó su camino como si no hubiera ocurrido. No, no es amor.

En menos de un minuto, miles de preguntas. Pero una sobre todas: ¿por qué? Nunca entendí que entre comunicadores no nos hablemos. Más allá de circunstancias y discrepancias. Es educación, es humanidad. Y en nuestro caso, además, es profesión y vocación.

Continué mi camino extrañada. Especialmente con mi propio comportamiento. Soy de las que fuerzan encuentros, sobre todo cuando percibo la pretensión de evitarlos. Me divierte experimentar. Sin maldad. Solo por analizar gestos y palabras. Por aprender de emociones ajenas. Por hurgar en la psicología humana. No siempre voy con el tiempo suficiente para hacerlo.

El acto de comunicación más primario empieza con un “hola”. Con la mano, la mirada o la boca. Y es curioso que haya quien lo evite. No sé si por pereza, por orgullo o por miedo. Negar el saludo es como negar el agua. Comunicarnos es lo natural. Es un bien básico, imprescindible para vivir. Está por encima de cualquier malentendido. De temores y odios.

No hay años que puedan pasar sin comunicación, que no puedan reactivar un “hola”. No hay herida que pueda sellar unos labios, que pueda silenciar una voz. Porque ni siquiera labios y voz son necesarios para hablar. El lenguaje no verbal es muy potente. Una simple mirada puede cerrar una edición. Un gesto puede parar una rotativa.

Agachar la cabeza y esconderse es renunciar a la naturaleza humana. Y tiene delito en plena era de la sociedad ‘sobre-desinformada’, con aparatitos de bolsillo que te permiten enviar un “hola” a quien quieras en cualquier parte del universo y en el idioma que elijas, en décimas de segundo.

Callar no es una opción. Somos seres sociales. Estamos obligados a hablar y a entendernos. Todas las personas tenemos razones y argumentos. Si no me das la oportunidad de conocer los míos, ¿cómo te atreves a juzgarlos y emitir una sentencia cuya condena es negarme la palabra?

No es tan difícil comunicarse. Se trata de expresar sentimientos y pensamientos. De sacar lo que está dentro. De compartirlo. Estoy convencida de que, de hacerlo sin dilaciones, el mundo sería un lugar más habitable de lo que es. Porque todos los conflictos, de la mínima a la máxima escala, tienen algo en común: nula o escasa comunicación entre las partes que se declaran enfrentadas.

Así que, más que promulgar las sonrisas que ha puesto de moda el virtual Señor Maravillas, yo abogaría por aderezarlas de conversaciones. Con o sin café. Breves o largas. Con muchas o con ninguna palabra. Con uno o dos interlocutores... o con un ciento.

 El mundo ya no es un pañuelo. Ahora es un clínex al borde de una papelera. Y se que terminaremos por vernos, de nuevo, en alguna de sus esquinas. Y alzaré la cabeza para buscar tus pupilas, seas quien seas. Y, a ver si de frente, vuelves a morderte la lengua para silenciar tu naturaleza. Tranquilo. Yo no forzaré el diálogo que niegas. Aunque aún no sepa por qué lo haces.

Ya no me afecta que me hablen o me dejen de hablar. Que me recuerden o me olviden. Hace tiempo que no me importa. Ni me enfada, ni me molesta. Quienes me conocen, saben que estoy siempre; aunque no me prodigue al ritmo que quieran imponerme. Pero si me apena la negación del saludo por el ser que eligió hacerlo. Por la persona que renunció a una cualidad tan maravillosa como básica de su especie y que rechazó la posibilidad de beber de la fuente del entendimiento, que nutre nuestra inteligencia y nos hace sentir vivos. Yo le seguiré diciendo “hola” aunque no me conteste.

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