Columnismo

Peso pluma

Yo también lo hice

14.05.2017 @PrincesaOnAir 3 minutos

Yo tuve un ‘tamatgochi’. ¿Os acordáis? Lo que, por más vueltas que se le dieran, era un llavero con ojos. Un cacharro cachorro que consumía más que tu coche a todo trapo. Pero tiempo en vez de petróleo, que vale más que el dinero. 

Recuerdo las noticias de entonces. Hace veinte años que ocupaba titulares y bolsillos la mascota virtual que inventaron los japoneses para paliar nuestra soledad, déficit de atención y falta de afecto en aquella década de los noventa, cuando aún íbamos al baño solos, sin el ‘smartphone’ y la ‘instastorie’ a cuestas. ¡Qué nostalgia!

Era un interlocutor curioso el bicho en cuestión. Porque la relación se basaba en el lenguaje no verbal. Y en un sistema de pitidos, tipo morse, que dejaba claro cuándo necesitaba algo. Comer, dormir, cagar o jugar. Poco más. Vamos, lo que viene siendo un ‘ni-ni’ o una de estas sanguijuelas políticas que van a los plenos de su ayuntamiento o a las sesiones de control del Parlamento a bostezar.

Olvídate de averiguar, vía observación, el sexo de tu mascota ni su especie. En ese aspecto, era el software más hermético que se conoce. Un código cerrado, una leyenda opaca como la que asegura que Don Pimpón era el búho de Barrio Sésamo. Nunca me quedó claro.

Me parece muy interesante la relación entre ‘tamatgochi’ y persona. Sobretodo desde el punto de vista de la comunicación, que era prácticamente unidireccional. Porque, a parte de matar al pseudo-animal con una aguja clavada en ‘reset’, ¿qué otros mecanismos existían para manifestarle nuestros sentimientos o pensamientos? No recuerdo ninguno.

Era un régimen de esclavitud voluntaria, y buscada. Interesante, ¿verdad? Me recuerda a las ofertas laborales actuales, dos décadas después. Esos trabajos, ‘mini-jobs’ se llaman para que no quede tan feo como puestos precarios, en la que alguien da órdenes y alguien las cumple. “Un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo...”. Fernando Galindo. Atraco a las tres. ¡Qué visionario Forqué!

Las relaciones personales quizá hayan involucionado tanto como las laborales. En general, por supuesto. Suele haber alguien que pide más y alguien que cede más en estas interactuaciones que pueden -o no- añadir fluidos al vetusto intercambio de saliva (ahora se intercambian golpes de teclado en el móvil). La amistad en todas sus variantes, quiero decir. ¿Estáis pensando lo mismo que yo? ¡Nos hemos ‘tamatgochizado’!

Tenemos más medios que nunca para comunicarnos mejor que nunca pero nos comunicamos peor que nunca. Hablamos poco o no hablamos. Pedimos. Demandamos. Ejecutamos. A ratos, pitamos de felicidad. A ratos, la cagamos. Todo muy onomatopéyico. ¡Y ahí está el teletexto, intacto, ajeno al paso del tiempo! Es el ‘benjamin button’ del mando a distancia.

Nuestras relaciones físicas se han virtualizado. Hemos convertido a nuestras amistades en nuestras mascotas virtuales. Las atendemos cuando tenemos tiempo. Cuando creemos que tenemos tiempo. Trabajar, trabajar y trabajar (quien tiene la posibilidad -véase ahora también el don- de poder hacerlo). Y, entre tanto, alguna conversación vía WhatsApp, algún emoticono del Messenger y alguna que otra caricia que no te llega a tocar expresada con el manos libres. ¿Cuándo fue la última vez que te llamaron porque realmente querían oírte sin buscar nada a cambio?, ¿cuándo fue ese último café sin ‘postureo’ coreografiado?

Nos hemos acostumbrado tanto a inmortalizar cada gesto real que hemos terminado asesinándolos a disparo de flash. ¿Y ahora qué? Pues ahora ‘reset’. Yo también maté a mi ‘tamatgochi’.

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