Columnismo

Poesía maldita sobre periodismo

24.09.2016 @PrincesaOnAir 3 minutos

Si las oscuras golondrinas de Bécquer protagonizaran hoy un titular no serían oscuras ni golondrinas. Y el balcón donde el poeta y periodista indicaba que inocentemente jugaban con los cristales sería el “espeluznante lugar de los hechos”, donde una pareja de desenamorados habría sido atacada por “negros pájaros-tigre” que les contagiaron el “virus garrapata” del romanticismo deminonónico. Una enfermedad extendida y declarada pandemia a los pocos días por la Organización Mundial de la Salud. Y murieron. Si, tras una agonía tremenda que podríamos seguir día a día, con fotos de las heridas incluidas. En primer plano. En portada. Pero habría vacunas, en algún ladillo.

No. No hay poesía en el periodismo. No digo que no la pueda haber ahora. Ni siquiera que no la hubiera antes. Tampoco me atrevo a asegurar que se haya perdido. Porque los buenos y las buenas plumillas están. Existen. Y, en algunos espacios aislados de ese maldito mundo en el quieren convertir internet, hasta escriben. Otra cosa es que a la mayoría de los medios de comunicación les interesen. Y algo peor aún, que les permitan trabajar dignamente.

Ya no se leen artículos como los de antes, oiga. Es que no es lo mismo. Esas crónicas políticas cuasi sinfónicas, dotadas del ritmo trepidante de la acción, con la musicalidad que imprime la actualidad, en partituras de pirámide invertida. Esas que servían durante años como ejemplo en las clases de construcción periodística de la realidad. Esas, como sigamos así, si que no volverán.

Los medios, antes de masas por el gran público que les seguía y ahora por los churros que difunden, están enfermos de precariedad e inmediatez. Todo tiene que ser rápido, a velocidad de tuit. Y los periodistas multimedia (es más exacto el término ‘multi-mierda’) tienen que hacer escritura paralela para la página web, para el papel y -ya de paso- grabas el video, tomas audio y si haces alguna "fotito"… pues fetén. Total, ya que estás. Ten espíritu aventurero (aunque estés cubriendo la inauguración de una rotonda). Que no te metiste en periodismo para ocupar una poltrona -te dice quien tiene medio culo o el culo entero en ella-. ¡Ay, la calle!, ¡qué pronto nos olvidamos de hacer la calle desde el alto standing!

¿Sabe alguien, fuera del gremio, cuántos temas puede llevar un periodista al día? Entre ruedas de prensa y temas propios (estos últimos grandes olvidados, ya saben, no hay tiempo ni dinero). ¿Sabe alguien, fuera del gremio, cuánto gana un o una columnista por artículo?, ¿o por noticia? O mejor, por día de dobles jornadas y disponibilidad absoluta. Y no, no me refiero a las firmas que ya irrumpieron en el olimpo rotativo. Me refiero a las de a pie de guerra. A las firmas, voces y rostros que todos los días les cuentan si van a subir la luz, si van a reformar su calle o si la feria empieza mañana. Pues se sorprenderían al saber que probablemente ganarían más vendiendo chatarra. Y que, pese a ello, porque lo suyo orgullo de vocación y amor propio a su firma, se dejan los cuernos que nacen desde el primer día en el que irrumpes en el panorama mediático.

Pues así es. Y así se lo hemos contado. En prosa. Hoy, claro. Y ojalá que vuelvan a alimentar a esas oscuras golondrinas, para que vengan. Y quienes tenemos que luchar por ellas, lo hagamos. Con unión. Porque como sigamos por esta senda de la cantidad que estrangula a la calidad y la intención de ser primero antes que mejor, me temo que la pregunta no será si hay poesía en el periodismo. Más bien, la pregunta será si queda periodismo en el periodismo. Y yo contestaré aquello de...¿y tú me lo preguntas? Periodismo, ya no eres tú.

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