Columnismo

Políticos en el infierno

Doncellismo de Dolors Montserrat

05.12.2016 @emilioarnao 3 minutos

Dolors Montserrat y Montserrat tiene los dos apellidos de la misma guisa, que es como hacer el amor con el padre y la madre en una misma pieza. Dolors no es fea ni guapa, sino clariver de la sostenibilidad de lo femenino, que es lo mismo que ser yegua y caballo en el mismo trono. Dolors ahora es ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad por un Partido Popular en el gobierno que no paga ni un solo cornado por las industrias de la sociedad popular, sino que se restringe al evolucionismo económico como una cantiga de amigo mal follada y peor escrita. El rajonismo -Montoro el cuadrillero- va a subir los impuestos, el pecho, la alcabala, el chapín de la reina, la moneda forera, el portazgo y barca. Dolors tiene la cabellera de putidoncella en rizos y nació en San Sadurní de Noya, que es como nacer en una fábrica de champagne donde todo el mundo de las gaviotas acostumbra a embriagarse -después de los gintónics del Congreso-. Dolors es el contentamento -sin “i”, por favor- de la unión entre España y Catalunya, por algo la ha puesto ahí la Santa Hermandad de Rajoy, para que bifurque esa separación que hay entre los provenzales y los madriles. Dolors puede ser un fuerte dolor de cabeza si no resuelve esta jácara vomitiva que es la Sanidad en Hispania.

Dolors tiene la gilipollez biográfica de haber sido presidenta de la Junta de los Jóvenes Cofadres del Cava de Sant Sadurní d'Anoia, que es como ser putidondella de un grupúsculo de borrachines en medio de la fiesta del pueblo. Dolors es la antonimia de mi Lola, pues Cospedal le gana en buen cuerpo y en mejores pechos que ahora utiliza para pasar por delante de las tropas exhibiendo el wonderbrá. Dolors Montserrat y Montserrat -flux del incesto- parece buena chica -nació en 1973, “juventud divino tesoro”-, pero embroca rostro de vieja al no usar cosmética que la rejuvenezca en su abogacía y su pasado en la Universidad Abad Oliva-CEU. Montserrat y Montserrat, Dolors, tiene ese acento de provincias protocatalanas y yo no sé si va a ser parte y juez en esta región de los demonios que es el independentismo de la Provenza española. Dolors me duele al verla. Debería vestir como actriz de cine en pasarela, pero no lo hace porque las feministas frustradas -palabras del alcalde de no sé qué puebla de Madrid, y ahora no voy a mirarlo en Internet porque tengo priesa en acabar este artículo, puesto que se me casa esta tarde una prima en Formentera- la definirían como un sex symbol contraproducente al anarquismo libertario.

Dolors no es grande política, que toda ella se resume a la magistratura, dándose el caso muy por extenso que un abogado jamás dará la crin política en orden y en cromo y en promo y en benefactura de la democracia española contemporánea. Dolors no es Ana Mato, pero cuidado con la Sanidad que siempre salen por ahí médicos violadores y enfermeras de Lesbos capaces de orinar en el despacho del ministerio con tal de que no se siga liberalizando la salud, la enfermedad y hasta que la muerte nos separe.

Dolors sale de este verso de Góngora: “Del himno culto dió el último acento / fin mudo al baile, al tiempo que seguida / la novia sale de villanas ciento / a la verde florida palizada”. Es decir, que la villanía de Dolors erige Ptolomeos en la fornifollación del ministerio de Sanidad. Me gustaría ver a Dolors desnuda para pintarla con mis labios.

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