Columnismo

Políticos en el infierno

El rocío engalana mis labios: disquisiciones filosóficas

30.11.2016 @emilioarnao 3 minutos

He bajado a la ciudad. Me he sentido avergonzado por todo lo que me han dicho: “¡Eh, tú, hombre de las montañas¡, ¿por qué te crees tan sabio?” Yo no he sabido qué responder. Me he quedado con el rocío engalanado en mis labios. Nadie puede escupirme así por el mero hecho de yo ser mucho más sabio que todos ellos. ¿Será envidia? ¿Será el mundo que me conduce hasta el diablo que habita bajo los pies de estos pobres hombres? No lo sé. Dudo si he de comprar una caña de pescar. Para eso he bajado a la ciudad. Pero ¿qué me solucionará la caña? Si yo puedo pescar con las manos, estas manos mías blancas y largas, manos para contraer la soledad, mi dibujo entre los árboles y mi fe ciega en el hombre que soy. Pienso en que mi discurso interior no debe alterarse por las opiniones de los demás. ¿Acaso la vulgaridad y el analfabetismo deben molestarme? No. Supongo que no. Mañana abriré mi boca para que entre todo en mi cuerpo, además de todos los valles y todas las montañas. Quiero ser sólo Uno. El Único. El que va de aquí para allá rodeado de susurros que mi edad contiene a cada paso, a cada lágrima, a cada sonrisa. Río y lloro a la vez. ¿Es quizá ésta una forma de ver el mundo? Amo a los hombres cuando se burlan de mí.

En efecto, ahora lo he comprendido. Las burlas no son más que una cultura de la historia, una heroicidad de la necedad, unas voces que no conocen que en las noches es cuando uno empieza a ser más hombre que por el día. Me pintaré el rostro de verde para recordar que cada día puede ser el último.

¡Ah, estos burladores¡ Me confieso ante ellos. Me deterioro alegremente observando cuan estúpidos son. A mí no me van a romper una roca entre las piernas. Ni siquiera van a lograr que gasten su sangre en la sangre de mi cuerpo. Los detesto. Convengo en que todo lo que sucede no es más que la aproximación a la vida, la vida de los demás. La vida real soy yo, con mis animales y mi queso, con mis libros y mi viaje nocturno hacia las cimas en donde permanezco callado hasta el alba. ¡Qué maravilloso es el sol cuando sale y yo despierto tan próximo a él¡ ¡El sol data mi energía, la que necesito para seguir habitando este mundo de locos procaces¡ Nunca olvido los caminos por donde transito, pues mi caminar es amplio como las alas de las águilas desplegadas. Urjo la necesidad de sentirme cada día más vivo entre las cosas muertas. Cuando algo se muere a mi lado, lo resucito con palabras de amor, de candidez, de ingenuidad. En el fondo soy un alma cándida, pero fuerte como la madera con la que me fabriqué esta cabaña en donde habito. ¡Qué feliz soy cuando bajo de las montañas¡ Me siento igual que si toda la naturaleza penetrara en mi alma. Hablo silenciosamente con las voces que hay en mi cabeza y no les digo que se detengan, sino que continúen alimentándome de soledad, de lugares como veranos, de paz y de conmiseración. Atravieso la alegría cuando calculo que a los que se burlan de mí morirán dentro de tres años. Eso ocurrirá porque yo lo he decidido. Mi voluntad de poder asoma por entre las hierbas de los campos y hago negocios con el demonio cada vez que se intenta separar de mí cuando yo lo llamo. ¡Qué soledad más perfecta!

Un pájaro se posa en mi brazo. Lo toco. Le hablo. Le cuento cuáles son mis temores. Le digo que soy feliz con mi dolor. No me cree. ¿O sí? Amo a los pájaros.

 

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