Columnismo

Políticos en el infierno

Empecé a pensar en el amor

17.12.2016 @emilioarnao 3 minutos

Un día de lluvia, mientras goteaba en mi cabaña, empecé a pensar en el amor. Solo ante mi jardín -la terraza la tengo cubierta por cañas hechas de ramas de platanero- imaginé que el amor no existe, lo que existe es el que ama, pues entre amor visible y amor invisible se anuda una diferencia. Yo amo todo lo que toco, pero mi larga interpretación sobre la emoción de amar es amarga por los recuerdos que tengo de cuando era joven. Amar demasiado puede romper el amor. Por lo menos eso es lo que me ocurrió a mí. Amé a una mujer con todo mi cuerpo, con toda mi inestabilidad de juventud, con toda desaparición de las mil maravillas que yo guardaba para ella en el cónclave de mi alma. Sin embargo, de aquel amor sólo mantengo ciertas reticencias sobre el arte amatorio. No comprendo, entonces, por qué amar normalmente es el verdugo del amor mismo. Amar con consistencia no repara el mundo, ni la vida, ni la alegría que impera en los parques, en las calles de las ciudades, en las tabernas en donde se bebe vino. Amar es amar enseñando todo lo que hombre y mujer anidan dentro de sí. Esa enseñanza conlleva una traición. ¿A qué me estoy refiriendo? Sencillamente, que cuando descubres a alguien quién realmente eres suele ocurrir que esa fagotización al final vaya en contra tuya. Yo odio a todas las mujeres que me amaron, menos a una. ¿Por qué? Porque las otras mujeres quisieron hacer de mí un animal que se arrastrara por la tierra, un hombre sin identidad que en vez de encontrar la libertad en el amor, hallara la prisión con sus agitaciones. Amar es amarse a sí mismo para luego poder amar a alguien que se cruce por la voluntad de las emociones. El amor es emoción, pero esa emoción acostumbra a convertirse en obsesión cuando acuden los celos, las trampas, los engaños, el adulterio. Por lo tanto yo he decidido dejar de amar a las mujeres. ¿Será ésta una buena opción? Yo creo que sí, puesto que el amor de la mujer suele ser envidioso, intrasparente, agotador y confuso. El amor de la mujer absorbe todo lo que el hombre condistingue de sí mismo. Se trata de una paralización absoluta del mundo. El amor paraliza la vida, el tiempo, la naturaleza engendradora de bienes. El amor ama por temor a dejar de amar. Sólo amando se conoce en qué lugares el amor cohíbe toda presencia amorosa. Nada necesito de la mujer.

Ella sí que fue mi gran amor, pues ella no me solicitaba besos ni abrazos, ni siquiera me prohibía a que leyera tantos libros, ni mucho menos se acercó a mí por mi físico, sino por el conocimiento que yo disponía del Universo. Ella me dejó amar. Por eso, cuando el amor se convierte en algo abierto, sigiloso, silencioso de palabras, intacto e incorruptible, acostumbra a designar que todo amor es bueno si se ama a partir de la igualdad y el encantamiento. El encanto de Ella era su rostro como despojado de arrebatadores mensajes de confusión. Su cuerpo era blanco como mis letras. Sus manos vestían mi carácter de diablo en todas sus recreaciones. La amé porque me dio la oportunidad de salvarme no de ella, sino de mí mismo. Las mujeres que aman por querer estar completas y pletóricas de furor corporal sólo emanan en mí un sentido desprecio. No amo el amor que no ama de verdad. La costumbre, la soltería, la soledad fabrican amores que son vanalmente de conveniencia. Hoy te quiero, mañana te dejo. Y así va el mundo. El banquete de amor debería ser para siempre, desde el momento en que se pactaran las libertades de cada uno de los enamorados. Amar con obsesión es una enfermedad que padecen muchas de las mujeres que de mí se enamoraron. Amor mide la llave que abre la vida sin fatiga. Todo lo demás es juerga, precipicio y muerte. Al crepúsculo veo cómo los buitres me guiñan el nombre y producen en mí algo más significante que los hijos.

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