Columnismo

Políticos en el infierno

Geografía de Celia Villalobos

22.08.2016 @emilioarnao 3 minutos

Esta Celia Villalobos es un animal de fondo de mucho cuidado. Hay que tener muchas tragaderas con ella a la hora de escuchar sus versiones de la política española. Rebelde, Arroyo de la Miel –en cuya bilis nació-, el grito de “Manolo” a su chófer, su carrera de Derecho sin terminar, hacen de ella un dibujo animado propio para adultos con los vestiditos montados de cine. Supongo yo que a Celia le gusta alzarse algunos gintónics en los abrevaderos del Congreso de los Diputados –donde por cierto ayer pasé yo en una escapada desde Requena a Madrid por ver el Museo del Pedro-. Yo vi en el Prado a Celia pintada por Goya, por ejemplo, en las pinturas negras, que es donde Goya, sordo y loco, hizo el mural en la Quinta del Sordo de los monstruos acechando la locura y la deformación de las figuras. Celia es una deformación de la democracia, pues que nos ha salido la nena un tanto tarasca y verborreica.

Celia suele jugar al Candy Crush en su iPad en los debates de la nación, que así la pillaron las cámaras mientras su enemigo Rajoy estaba dando la tabarra a esa turbamulta que son los diputadillos y diputadillas de la Carrera de San Jerónimo. Celia tiene el nombre hermoso, pero ahora ya yace envejecida de rostro y piernas amarillas, que ya son su andalucismo como traído de la morería y los chatos de vino. A Celia le gusta tener polémicas con Pilar Rahola, a la que le puso el dedo en el ojo de la niña de la siguiente guisa al afirmar ésta que Villalobos llevaba sus hijos a colegios suizos: “no tienes derecho a hablar de mis hijos. Has sido muy cerda, eres muy cerda y muy ruin el querer convertir un debate político en un debate personal. Si yo he mandado un año a mi hija a aprender inglés lo he pagado yo. Eres ruin, muy ruin”.

Así es Celia, mi Celia, peleona y boxeo y ojos que se le salen de su niña y alcaldesa de Málaga. Esta malagueña salerosa es al Partido Popular lo que Lutero fue al Cristianismo, una antivaticana, una gárgola que arroja heces, un ayuntamiento que quiso demoler el barrio de La Coracha tras un polemicismo que vio en ello un gasto excesivo en premio, becas y pensiones de estudio e investigación. Juvenal Soto, ese intelectual sin intelecto, la denunció por opacidad y por mala versión de las brasas financieras mientras fue alcaldesa miope y con lencería negra.

Mi Celia siempre va por ahí montando pollos al Partido Popular, como su negativa en la votación en contra de la ampliación del aborto o aquella sanción que se le impuso por afirmarse en la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo, contra las armas doradas de las filas del PP. Celia siempre va a la contra, yo creo que va contra sí misma. No sirve para político, pues que debería dedicarse a ser sexadora de pollos o a ser obrera de la construcción en la calle de Alcalá, que el otro día he visto que se están haciendo muchas reformas y necesitan negritos y celias para reconstruir Madriz.

Celia es mucho lobo para su apellido, ya que entre las villas y los animaluchos, da para el ladrido y para cortar la carne de las ovejas. A mí me gusta el carácter como de hombretón de bar de mi Celia, pues que, siendo feílla como es, tiene en su voz la contrahacha de un Partido Popular que tiene en Villalobos a su segunda Esperanza Aguirre. Pienso yo por pensar que Esperancita y Celia deberían montar un partido liberal a la diestra o siniestra del dios muerto, ya que las dos dan el grito como si lo volviera a pintar Edward Munch. Celia tiene muchos cojones y es en ese testiculario donde se asoma al Congreso por decir aquí no hay tu tía que la machorra soy yo. Tiene al rajonismo cogido por los timbales y Mariano ya ni la mira, pues sabe que si lo hace Celia le va a afeitar la barba en canas con un bisturí de cortar la carne de los muertos.

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