Columnismo

Políticos en el infierno

Ideografía de José Manuel García-Margallo

29.08.2016 @emilioarnao 4 minutos

Este señor de Asuntos Exteriores es una exterioridad de una mezcla de la serenidad y el cabreo en una misma pieza. La serenidad le viene de jugar al ajedrez mientras que el cabreo le sitúa en ese ceño fruncido que se le pone cuando le sueltan una impertinencia –como es esta misma caricatura que estoy haciendo yo sobre él-. Empezó de profesor en Derecho por San Sebastián, para en breve ya afincarse, como una casa en pleno desahucio, en la política en esa cetrería que fue UCD. Siendo ucedeísta ocupó varios cargos, como jefe, director general, presidente de cosas que no nombraré aquí porque esto no es una biografía, sino, como digo, una caricatura. Margallo, morritos hinchados y ojos saltones, fue en muchas ocasiones diputadillo en Cortes, donde escuchaba con su gran papada los aniversarios de las distintas gobernanzas de la derechona española y del socialismo de un Felipe G. que ahora sólo está para dictar axiomas un tanto salvajes y como de crecimiento de bonsáis.

El ministro en funciones de Exteriores Margallo se ha ocupado en la legislatura en la que Rajoy nos afeitó a todos los euros, las viviendas, el hambre, la dignidad y hasta el gaudeamus igitur en repoblar la Marca España como si ésta fuera la marca de la Cocacola o de Microsoft, pues que la tal marca no existe, puesto que España no es una, sino los Reinos de todas las Españas, a las que el ministro exterior no llega ni aunque le crezca la nariz por sus mentirijillas y sus arrebatos contra los nacionalismos históricos. Margallo no lleva bien lo del trajín en verdín y escombrerías de la independencia de Catalunya, por lo que cuando se va por ahí de viajes siempre saca el tema catalán como una marca deportiva y quijotesca. Margallo tiene la cabeza demasiado grande, de tal manera que sus hombros ya no la soportan, pues es grandullón de testa y de corpachón, lo cual que en vez de un ministro tenemos dos: el de la cabeza y el del cuerpo que le sobra. Margallo es como un dinosaurio sacado con carne de algún museo de antropología y es ese dinosaurismo lo que va vertiendo en lenguas varias por el continentalismo extranjero, donde nunca saben si reciben a un señor o a un gigante del milenarismo. Margallo es católico, como todo el Partido Popular, por lo que semeja en el semblante al San Marcos que pintara Da Vinci en “La última cena”.

Pepito Manolillo García-Margallo, que es así como lo conocen en Perú –que me lo ha dicho una prima que vive allí- está ya un tanto anciano para continuar en un gobierno que no sabemos si será tal o la estrategia del izquierdismo o el 25 de diciembre, día de votos y de la verdadera Marca España, esto es, la irrenunciable idea que aquí en Celtiberia todavía se reparten el reino Cánovas y Sagasta, evolucionando a un guerracivilismo que ha existido durante toda la Historia de Celtiberia –véase el siglo XIX, por ejemplo-.

Margallón –lo diré así por esa escultura deformada que esculpió Rodin sobre Balzac, que ya es Margallo- no sabe escribir en esperanto, y eso no se le puede perdonar a un ministro que es como un viajante de empresa con el objetivo de colocar la fiesta de los toros o la paella en este extranjerismo que nos ve como a una patria en que García con guión Margallo anda a garrotazos como en los cuadros de Goya y Lucientes. En efecto, Margallón tiene un algo de Goya, cabezón y sordo y las pinturas negras, pues que no otros cuadros celtibéricos en estos momentos puede el ministro exteriorizado mostrar como Marca España en Japón o en las montañas del Kilimanjaro, que es el lugar donde deberíamos ir a votar todos los españolazos el día de Navidad para marcar España con un cuño o con un chorreón de orina sobre los diferentes continentalismos.

Pepito Manolillo García guión Margallo es al turismo lo que Platero fue para Juan Ramón, es decir, una mina de oro de animal de fondo o de soledad sonora, pero yo estoy seguro que Margallón jamás se ha leído los versecillos extraordinarios del marido de Zenobia Camprubí.

Está vejete ya Margallón, por lo que debe dedicarse a la jubilación y dejar a la juventud que reforme este Partido Popular tan chistoso y tan usador de la jerga de los ladrones. Margallo acabará comprándose una cabaña en Tahití, por hacerle amigo a Paul Gauguin, que todavía sigue allí fornifollándose a indígenas tanto del mujerío como del hombrerío. Debería Pepe Manuel dedicarse a la pintura, ya que es tan viajado, y luego vender sus joyas al óleo en El Rastro, que es la verdadera Marca España que ya nos queda.

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