Columnismo

Políticos en el infierno

La espeleología de Íñigo de la Serna

23.01.2017 @emilioarnao 3 minutos

Íñigo Joaquín de la Serna Hernáiz, político fregón, de los de mantellina, es el joven hermoso de faz y con ojos de gato del Partido Popular, donde ahora ha secuestrado el ministerio de Fomento como si el invierno le hiciera temblar el cuerpo como las tablillas de San Lázaro. Y ha sido el invierno, este hibierno tan duro que padece en estos momentos España donde se le ha puesto a prueba, pues no ha estado a la altura a la hora de desfacer las nevadas de los caminos y los corrales con la eficacia solicitada. El bello Íñigo, alcalde de Santander entre 2007 y 2016, a mí me da la sensación de estar un poco perdido en las voluntades y corchetes de gusto que pide en griterío el pueblo españoloide. Le pedimos a Íñigo más sanación de lamparones, que es una enfermedad que acude a la garganta cuando el frío se torna nórdico y las infecciones van llenando los hospitales como el pío pío de los pollos. Íñigo es un aldeano de rostro pintado por Modigliani, pues es mujer con los ojos cerrados en ese transexualismo que practica la política.

Bilbaíno de alcagüeta, nuestro ministro de Fomento tiene un currículum de fantasmas absueltos por la realidad, pues llegó a convertirse en presidente del Consejo de Municipios y Regiones de Europa por promover la interoperabilidad tecnológica entre las diferentes ciudades de la Unión Europea, aquello que se llamo las “smart cities”. Entre canales y puertos e ingeniería de caminos, el bello Íñigo va bilbaizando estas Españas en que ya sólo resisten esta broma que es la política los pasteleros de a cuatro maravedíes. De la Serna, que no se llama Ramón aunque haga greguerías en un ministerio que no sabe cómo combatir esta hibernación a la que estamos expuestos los españoloides que hacemos uso carros, mulas y camiones pirenaicos, nos espanta la alegría alegría del vivir, como si al Pablillos de Quevedo le hubieran ahorcado de nuevo al padre. Este bello joven, el segundo alcalde más adolescente después de Agustín Conde, se cree que con su belleza puede hechizar el virgo de las españolas, sin darse cuenta que las mozas celtibéricas son, desde su rebelión y quincemayismo, más de Podemos que del Partido Popular, sobre todo las que se han leído a Feuerbach. Íñigo da la impresión que pasa desapercibido en el consejo de ministros que reina Rajoy, por eso lo vemos tan poco en las teles, en las monterías y en los mentideros. Pero yo quiero que sepa el ex alcalde de Santander que no por esconderse no deja su foto seguir sexualizando la hambre imperial. Tenemos los españoloides la hambre del Fomento, por cumplir abiertamente con una modernidad que el ministro de tal disciplina no nos da, pues que se ha quedado como antiguo en esa antigüedad que es el Partido Popular. Íñigo es un garbanzo güerfano.

Le pido desde esta mi caricatura al bello Íñigo que abandone el donjuanismo y que deje de afeitarse con diaquilón. Buscamos soluciones a la ingeniería del postimperio, por lo que España debe salir de la archipobreza y la protomiseria, que es lo que nos ofrece Moncloa tras las ruedas de prensa de los viernes. Este bello Brummel pinta extrañas posturas del Bosco, y es ansí que le rezamos la oración de los maitines para que evite su masculinidad libidinosa y se aferre al cargo de Fomento como un político de inteligencias posibles y de cañones en batalla contra esta eterna nevasca que es Celtiberia, hecho del cual prescinde el hermoso doncel Íñigo de la Serna. O que porque no sabe oficio de ministro o que porque sólo está ahí para seducir doncellas a mí me da la sensación que el de Fomento fomenta el cruel navajazo de la virginidad. Íñigo es la virgen de Águeda. Lo dice Cide Hamete Benengeli, que soy yo.

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