Columnismo

Políticos en el infierno

Las risitas de Alfonso Alonso

03.10.2016 @emilioarnao 3 minutos

Yo no entiendo o sí entiendo, depende del plato de ensalada que haya comido en estos días, por qué el presidente del PP del País Vasco, Alfonso Alonso, gafitas de tiquismiquis y rostro de ex ministro de Sanidad, se reía tanto tal que el domingo de las elecciones vascas al obtener sólo nueve diputadillos, que son como las nueve putas que siempre hay en los puticlubs. El otro, en la tele, cuyo nombre ahora no recuerdo y no voy a mirar ahora en Wikipedia porque tengo prisa puesto que he de cortarme las uñas de las manos, todavía celebró más a lo grande los resultados de los comicios. Vamos a ver: 9 diputadillos en unas elecciones autonómicas son como 9 mocos de niños de guardería. Eso no es ná. Simple recogida de patatas podridas. Entonces, ¿por qué lo dieron como buenísimos resultados los populares vascos en esta contienda? Vamos, ver a Alonso reír y decir que habían cumplido con las expectativas además de ridículo es como si contrajera matrimonio con Miguel Iceta, algo posible dadas la belleza de Alonso y el rasgón homo que tiene el socialista prosánchez. Alfonso Alonso daba la impresión que le había tocado un jamón en una tómbola, o lo que es peor, la contrasolución del Caso San Antonio, donde el Tribunal de Cuentas en mayo de este año lo condenó junto con Javier Maroto -éste sí que podría bailar al lado de Iceta- a pagar 393.000 eurazos por los perjuicios ocasionados en los fondos públicos como consecuencia del alquiler de un local por encima del precio del mercado cuando Alonso era alcalde de Vitoria. La victoria del PP el otro domingo parecía la de Samotracia, esculpida y todo en mármol depositado en los calzones de Alfonso. Por favor, ya sabemos todos que en elecciones todo el mundo gana, pero el circo y la obra satírica producida por Alonso ante las cámaras con sus 9 alcahuetas conforma ya la comedia protagonizada con cantos y recitados surgida de los himnos fáicos que tenían lugar en las procesiones y rituales a Fales, donde los oficiantes portaban como distintivo un falo -tal vez el de Iceta- que fue lo que dio inicio al teatro cómico universal.

Alfonso Alonso, que hizo de ratero de los médicos cuando echaron a Ana Mato por su morenez de rayos infrarrojos, no puede celebrar un fracaso como el habido, sino pensar y repensar a ver cómo se puede desintegrar el Partido Popular en el País Vasco, que ha quedado como el Eccehomo de Borja, feo y como pintado por la baronesa Thyssen. Alonso, que tiene nombre de quijano, debería replantearse regresar a Madrid porque seguro estoy que allí hace más falta que en Euskadi, donde sólo puede ser un euskalduno borrachito de gloria ficticia o de actor de teatro. Ya digo Fales.

Alonso Quijano debe acusar con más seriedad el tremendo drama ocasionado por el partido que preside en Vasconia, por lo que yo le aconsejo que haga un viaje de distracción a Génova o que cuelgue los atos y se dedique a la peluquería. No hay ganadores en política, sino drogados perdedores.

Por cierto, el otro lunes, donde yo acostumbro a hacer estas caricaturas de los populares aquí en El Reverso, me tuiteé con Andrea Levy. Nos caímos muy bien. Le pido noviazgo desde aquí porque le aseguro que le gustarán mis endecasílabos. Por otra parte, ¡qué graciosete que es Miguel Iceta¡ Vaya tío. Gordete pero simpaticote y cupletista. Semeja el mono Amedio.

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