Columnismo

Políticos en el infierno

Linotipias de Esperanza Aguirre

27.06.2016 @emilioarnao 2 minutos

Esperanza Aguirre es un genio del liberalismo a ultranza. Ha visto por televisión todas las juergas báquicas protagonizadas por Margaret Thatcher, de quien tiene un retrato encima de su cama cuando copula con los dinosaurios del Partido Popular madrileño. Tuvo la valentía de, antes de que la magistratura le aplique -al tiempo se verá- su conectividad con la Gürtel, dimitir como presidenta del Madrid de los castizos y de las verbenas en donde acostumbra a bailar el chotis con un gintónic en la mano.

Esperancita es feílla de risa y no se depila las piernas -de ahí le viene su fijación por los bolcheviques rusos-, pues que no puede ver ni en el chocolate con churros a los de Podemos, arma letal para su prosa de bote. Aguirre es una huerta en medio de la Gran Vía, donde acostumbra a arrollar motos de la policía y salir incólume del delito, pues para algo es la rubia sexagenaria con más influencia en la capital de España. Aguirre ha escrito un libro que titula algo así como no me callo. Y es cierto, Esperancita no se calla ni una ni el póquer ni el agua de las piscinas. Va teniendo una breva que la avejenta y entra en Génova como si el edificio reformado ilegalmente fuera su Castillo de Sajonia.

Emperatriz de la erótica, fundadora del orín, verbosidad de los guateques, Esperanza ya no baila el cha cha cha, como dice la canción. Por tanto y de tal manera y con tal que la reinona de Madrid frecuenta los bares para, ante las cámaras, expulsar su bilis contra el Estado del Bienestar, que para ella debería changearse por un Estado leído en los libros de Adam Smith, de Ronald Reagan o de la Escuela de Chicago. Norteamericana de nacimiento ficticio, este chocho poblado de bosques veranea en un estilo político que ya no se lleva, pues que el neoliberalismo ha muerto desde que los estudiantes de la Universidad Complutense decidieron asesinar todas las iglesias, a la vez que conformar un partido político que desaguirrizara a Aguirre mientras la sitúara en un isidro, en una zurraspa, en una palerda, por lo cual, si vuestras mercedes me lo permiten, acabaré este artículo diciendo que Esperanza Aguirre es una nabiza del capitalismo, con el cual fornifolla a sabiendas que ello trae deigualdad, pobreza, exlusión social y todas esas flemas que Esperancita introduce en la cueva en donde sólo permanece viva con su tronko, que ya es el señor Granados, del que ahora despotrica, habiendo sido su amante político y el forjador de un Madrid hambriento, pingajo y sentimental.

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